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Las canoas montuvias, señoras de nuestros ríos | Y el maestro de las canoas

En Samborondón, Marcos Rodríguez mantiene vivo un oficio heredado de su padre y ligado a la historia, el trabajo y las tradiciones de la Costa ecuatoriana

Hay elementos que forman parte inseparable del paisaje montuvio: el río, el caballo, el sombrero, el machete y, desde tiempos inmemoriales, la canoa.

Por los ríos de nuestra Costa han navegado en canoas generaciones enteras transportando hombres y mujeres, niños rumbo a la escuela, sacos de arroz y cacao, racimos de plátano y todo aquello que produce y necesita nuestro campo.

Hace poco visité el pueblo de Samborondón buscando conocer de cerca un oficio que poco a poco va desapareciendo: la construcción artesanal de canoas de madera. Allí entrevisté a uno de sus más conocidos maestros, Marcos Rodríguez Crespo, nacido en Samborondón en 1975, quien heredó este arte de su padre, Néstor Rodríguez Soriano, nacido en 1939 y fallecido en 2001.

La canoa y quienes conservan el saber de construirla forman parte de la historia y la cultura montuvias. Foto: Guillermo Hasing.
La canoa y quienes conservan el saber de construirla forman parte de la historia y la cultura montuvias. Foto: Guillermo Hasing.

Marcos es todo un personaje. Trabaja principalmente con madera de guachapelí traída desde Balzar o Manabí y construye desde pequeñas canoas de seis o siete varas, impulsadas a canalete y capaces de transportar unas cinco personas, hasta enormes embarcaciones de 16 a 20 varas. Estas últimas pueden llevar alrededor de 40 personas o 40 sacos de arroz y utilizar motores de hasta 60 caballos de fuerza. Su construcción, con seis ángulos y 16 cuadernas, puede tomarle hasta dos meses.

También devuelve la vida a las canoas antiguas. Las repara y “galafatea”, como él denomina al paciente trabajo de sellarlas utilizando lana traída de la Sierra, masilla, polvo de tiza, brea, zinc y, finalmente, pintura. Es un conocimiento transmitido de generación en generación, aprendido más con las manos y los ojos que en libros o escuelas.

Cuando le pregunté por la resistencia de sus embarcaciones, Marcos respondió con el orgullo de quien confía plenamente en su oficio: “Estas canoas duran toda la vida y jamás se han virado o naufragado”.

Las grandes canoas de Marcos Rodríguez podrían llamarse, sin exageración, los “Cadillacs” de los ríos Daule y Babahoyo. Algunas llevan techo, equipo de música, vistosas pinturas y, como corresponde a toda embarcación con personalidad, un nombre propio. Por nuestros ríos se hicieron famosas La Flor de Baba, La Peor es Nada, La Pechona y La Colorada, nombres que todavía permanecen en la memoria de los pueblos ribereños.

Navegar en canoa por el río Babahoyo es también un espectáculo bellísimo. El constante ir y venir de embarcaciones conserva una costumbre que retrata muy bien el carácter de nuestra gente: todo el mundo se saluda de una canoa a la otra. Un gesto sencillo, espontáneo y profundamente montuvio que convierte al río en una gran calle donde todos parecen conocerse.

En medio de la paz y la frescura del río, el viaje es además una fiesta para los sentidos. En sus orillas aparecen garzas, guaques, patillos, marías, patos cuervos, pericos, garrapateros y gavilanes. Entre la vegetación sobresalen majestuosos árboles de mango y fruta de pan, palmas de coco y enormes matapalos, mientras a lo lejos se extienden los verdes arrozales.

Con sus colores, techos y nombres propios, las canoas siguen siendo parte de la vida cotidiana de los pueblos ribereños. Foto: Guillermo Hasing.
Con sus colores, techos y nombres propios, las canoas siguen siendo parte de la vida cotidiana de los pueblos ribereños. Foto: Guillermo Hasing.

Y allí está también el montuvio, verdadero protagonista de este paisaje: sembrando arroz, trabajando la tierra o dándole machete al monte, como lo hicieron su padre y su abuelo y tantas generaciones antes que él. Desde una canoa, el río nos permite contemplar en pocos kilómetros naturaleza, agricultura y costumbres que todavía conservan buena parte de la esencia de nuestra Costa.

Pero la canoa montuvia no pertenece únicamente al trabajo y al paisaje. También navega dentro de nuestras tradiciones, nuestras fiestas y nuestra religiosidad popular. En Daule, la procesión fluvial del Cristo Negro constituye una hermosa expresión de fe y folclor, con las canoas engalanadas navegando sobre las aguas del río.

Y otra extraordinaria tradición ocurre cuando San Nicolás de Tolentino, patrono de Palenque, visita a San Lorenzo, patrono de Vinces. Los santos se encuentran en sus canoas sobre las aguas del río Vinces, afluente de nuestro Río Grande, el Babahoyo, y aquel encuentro sobre el río marca el comienzo de una gran celebración popular. Fe, música, río y tradición se funden entonces en una de esas escenas que solamente pueden comprenderse plenamente cuando se conoce y se ama la cultura montuvia.

Así, nuestras canoas han llevado cosechas y pasajeros, música e imágenes religiosas, alegrías y esperanzas. Han unido recintos y pueblos cuando los ríos eran nuestras principales carreteras y todavía hoy continúan siendo parte del alma de la Costa ecuatoriana.

Por eso, cuando vemos a Marcos Rodríguez trabajando la madera en Samborondón, no estamos solamente frente a un carpintero que construye una embarcación. Estamos frente a un heredero de un antiguo oficio montuvio que merece conservarse.

Mientras una de estas canoas siga surcando nuestros ríos, llevando orgullosamente su nombre pintado en la proa, seguirá navegando en ella un pedazo de nuestra historia montuvia.

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