Hace pocos días vi en el cine la adaptación de La Odisea de Homero dirigida por Christopher Nolan. La película ha desatado en el mundo occidental urbano una abrumadora cantidad de críticas de índole diversa —entre otros aspectos woke— debido a que el rol Helena de Troya (hija del dios Zeus en la mitología griega, y concebida en todos los poemas homéricos como la mujer más hermosa del mundo) está interpretado por la actriz afroamericana —nacida en México y de origen keniano—, Lupita Nyong’o ¡Vaya coincidencia cronológica!, cuando en esta sección, Aquí y ahora, nosotras, quiero explorar el Día Internacional de la Mujer Afrodescendiente, que se conmemora el 25 de julio de cada año, a partir de 1992, cuando fue establecido como tal en el Primer Encuentro de Mujeres Afrolatinas, Afrocaribeñas y de la Diáspora, celebrado en Santo Domingo, República Dominicana.

Así como el oscuro color de piel de Nyong’o es hoy interpelado en el universo del arte, el de la antropóloga y activista feminista brasileña, Lélia González (1935-1994), fue en 1964 repudiado por la familia de su esposo, un ciudadano caucásico español. El hecho abonó el camino que la condujo a convertirse en pionera indiscutible del feminismo negro e interseccional. Su legado teórico y activista transformó la comprensión sobre las dinámicas de raza, género y clase en la región. Además, acuñó el término “Améfrica Ladina” para referirse a una perspectiva afrolatinoamericana y amerindia de Latinoamérica.

Esta geografía americana y el ansia generalizada de un purismo histórico en el cine épico, nos ubican en principios del siglo XVI cuando empieza la esclavitud en este lado del planeta. Los esclavistas españoles redujeron los cuerpos de las mujeres negras al trabajo de cuidado y a la explotación reproductiva, con el ánimo de aumentar la mano de obra o de vender a los niños. Cuatro siglos más tarde, en el XX, los atributos físicos de las descendientes de las esclavas se estiman los suficientemente adecuados como para competir en un concurso de belleza; pero, desde una perspectiva, literalmente, de apartheid: entre 1970 y 1974 —ante la presión internacional— Sudáfrica envió al Miss Mundo a dos candidatas, Miss South Africa, fue siempre una mujer caucásica; mientras que, Miss Africa South, estuvo representada por una fémina negra.

Certamen de belleza y racismo, dos premisas presentes en la corona de Miss Ecuador colocada sobre la cabellera alisada de la afroquiteña, Mónica Chalá, en 1995. Su victoria desató un profundo debate nacional; por un lado, se valoró el hecho a manera de avance contra la discriminación en razón de etnia; por otro, ciertas organizaciones sociales afroecuatorianas señalaron que el concurso corría el riesgo de usar su imagen para maquillar la desigualdad estructural y la falta de oportunidades reales para las comunidades negras. Con sus rizos de cuna, seguramente no habría podido participar.

Entre 2013 y 2017, el cabello también alisado de la periodista colombiana, Edna Liliana Valencia, se convirtió en pelo suelto a la hora de presentar las noticias en la televisión de su contexto. Fue esa acción reivindicadora —según lo cuenta en varias entrevistas— la que le hizo asumir su negritud en plenitud y con orgullo. Una parte del público televidente increpó al canal aduciendo que el afro de la conductora no les permitía concentrarse. Y, la industria cosmética, no tardó en ofrecerle gratuitamente tratamientos de keratina a cambio de publicidad; Edna se negó de forma rotunda.
Esta soltura del cabello fue motivada en Valencia por una profesora afrocolombiana del diplomando de Desarrollo Comunitario y Periodismo Internal que cursaba: dejaba su pelo al natural dentro y fuera del aula. Comprendió, entonces, la importancia de descolonizar el primer territorio: el cuerpo. Su lucha radical por el cambio de paradigma le ha valido ser contratada como asesora para la Walt Disney Pictures en filmes donde la imagen femenina ha sido tratada desde la enunciación afrodescendiente; y, convertirse en autora de los libros El racismo y yo y La diáspora perdida.

Descolonizar las prácticas violentas y patriarcales sobre el cuerpo de las niñas ha sido una de las batallas ganadas por el feminismo interseccional en el siglo XXI: Theresa Kachindamoto (1958-2025), jefa tradicional en Malawi, rompió 3 500 uniones forzadas de niñas y exigió su retorno a las aulas; suspendió a jefes subordinados que permitían estos matrimonios; y, prohibió ritos de iniciación sexual perjudiciales para menores de edad. En esa misma línea de trabajo político, la activista gambiana, Jaha Dukureh (Embajadora de Buena Voluntad de ONU Mujeres en África) —junto con otras activistas de la región—, tiene por misión acabar con la mutilación genital femenina; dado que, cuando era niña, la sometieron a similar tortura y la obligaron a casarse.

Desde Cuba, una isla americana atravesada históricamente por la lucha dispórica afro, el arte contemporáneo habla de estas travesías en la obra de la artista afrocubana María Magdalena Campos-Pons: examina el cuerpo de la mujer negra, la memoria transnacional y la espiritualidad caribeña a través de performance, fotografía, vídeo e instalación con los que busca posicionar la corporalidad negra frente a relatos hegemónicos. Con su célebre instalación multimedia, Spoken Softly with Mama (1998) —parte de la exposición colectiva Authentic / Ex-centric: África dentro y fuera de África—, participó en la 49ª Bienal de Venecia, en el año 2001.

La reflexión sobre el proceso de esclavitud, la desconolización del cuerpo y el ejercicio de las identidades afro son predicamentos presentes en la agenda de la CONAMUNE (Coordinadora Nacional de Mujeres Negras), que nace el 12 de septiembre de 1999 durante el Primer Congreso Nacional de Mujeres Negras del Ecuador, realizado en el Valle del Chota, con la participación de 140 mujeres de ocho provincias del país. Su sede se asienta en Pichincha, en la Casa Yemanyá.

Irma Bautista Nazareno preside actualmente la CONAMUNE desde la consideración de sus objetivos: lucha frontal contra la pobreza, el desempleo y la discriminación histórica que afectan de manera desproporcionada a las mujeres afrodescendientes; fortalecimiento de la participación política y organizativa de ellas como actoras sociales autónomas desde sus territorios; y, reivindicación de la identidad cultural, la memoria ancestral y la autonomía sobre sus cuerpos y comunidades.
Acerca de lo enunciado en las líneas precedentes, las teóricas feministas de la diáspora afrodescendiente del mundo entero coinciden en el siguiente enunciado: África no es un mito estático ni un paraíso perdido, sino un continente real, complejo y marcado por contradicciones; con lo cual, mirarla con ojos románticos como una patria perfecta y simple constituye un error histórico. Me sumo a ese desaprendizaje y lo recomiendo de manera puntual a todas y todos mis lectores.
Lee más sobre el tema en:
1. “Llegamos las negras y nadie nos para”: Reflexiones desde el feminismo negro decolonial
https://afrofeminas.com/2015/02/26/llegamos-las-negras-y-nadie-nos-para-reflexiones-desde-el-feminismo-negro-decolonial/
- Dime cómo lo lograste con la comunicadora Edna Liliana Valencia
https://www.dw.com/es/dime-c%C3%B3mo-lo-lograste-con-la-comunicadora-edna-liliana-valencia/a-64336692 - Theresa Kachindamoto
https://mujeresbacanas.com/theresa-kachindamoto/ - Posicionamiento político de las mujeres negras de la CONAMUNE desde la diferencia étnica
https://repositorio.flacsoandes.edu.ec/items/377457f1-1462-4682-a6be-c258567f4d7f