Este majestuoso río se forma por la confluencia de los ríos San Pablo y Catarama, justo en la ciudad de Babahoyo, provincia de Los Ríos, Ecuador. Luego de recorrer 40 km, con un ancho que va de 200 hasta 1.800 metros, llega a Guayaquil para unirse con el río Daule y formar el imponente río Guayas, ícono de nuestro país y que consta en el Escudo de Armas de la bandera del Ecuador.
«En el río Babahoyo no solo aprendí a navegar; allí también me gradué de montuvio.» Sergio Cedeño A.
Durante su trayecto, el Babahoyo, llamado también el Río Grande, pasa por innumerables haciendas y pueblos montuvios, a los que les ofrece, de sus correntosas aguas, una enorme riqueza ictiológica, con gran cantidad de peces como guaijas, dicas, damas, guanchiches, bagres y corvinas, entre otros. Pero su función más importante es la de abastecer de agua a la mayor parte de la zona arrocera del Ecuador.
Apenas me gradué de agrónomo en El Zamorano, Honduras, fui contratado, en enero de 1974, como asistente de administración y luego como administrador de la famosa Hacienda Angélica, propiedad de la querida familia González-Rubio y ubicada a las orillas del río Babahoyo. A esta hacienda solo se llegaba desde Guayaquil en lanchas de pasajeros o en canoas, por falta de carreteras. Allí se mantenían 3.500 cabezas de ganado de las razas Shorthorn y Brahman, y se sembraban, con avioneta, 1.000 hectáreas de arroz, siendo en su época la hacienda arrocera más tecnificada del país, ya que hasta el fertilizante se aplicaba con avioneta.

Es así como, en los cuatro años que viví allí, donde me gradué de montuvio, al trasladarme los fines de semana a Guayaquil por el río Babahoyo aprendí a quererlo, así como a la Hacienda Angélica, donde he regresado cada año durante los últimos 52 años para ver sus bellísimos cultivos de arroz y visitar a los pocos trabajadores que quedan vivos luego de más de medio siglo…
Ayer, una vez más, fui a navegar en canoa por el río con el mismo canoero de hace 50 años para nuevamente visitar la Hacienda Angélica y recordar los viajes en la inolvidable lancha Norte América por el colosal río Babahoyo, a quien el insigne escritor guayaquileño José Antonio Campos Maingon le dedicó esta estampa costumbrista montuvia:
«El río Babahoyo es una arteria de plata que cruza la llanura, un camino vivo que no se detiene y que lleva en sus aguas el alma misma de la provincia… Sus aguas corren mansas, pero llevan la fuerza indomable de la selva; son el espejo donde se mira el cielo de la patria y se refleja el verde eterno de sus orillas.

Viajar por el río es fundirse con el paisaje. Ver pasar los playones de arena, las plantaciones que mueren en la orilla y los racimos de lechuguines flotantes que bajan como pequeñas islas verdes, saludando al caminante. El río tiene su propia música: el chof-chof del vapor rompiendo la corriente, el grito del lanchero y el murmullo del agua que parece contar viejas historias de la costa.
El montuvio nace mirando al río y muere arrullado por su corriente. Para él, el río es el amigo, el proveedor, el camino que lo conecta con el mundo y el testigo mudo de sus alegrías y sus penas.»
Yo volveré…