Hay experiencias que terminan y otras que, aunque pasen los años, encuentran la manera de volver a nosotros. Para mí, hablar de una marcha por la paz pertenece a estas últimas.
Quizás porque alguna vez dejé de mirar estas movilizaciones desde lejos y tuve la oportunidad de ser parte de ellas. Entonces comprendí que hablar de paz puede parecer sencillo hasta que intentamos convertir esa palabra en una acción. Hay que convocar, encontrarse con otros, escuchar pensamientos diferentes, llegar a comunidades, universidades e instituciones y sostener la convicción de que vale la pena hacerlo, incluso cuando lo que ocurre alrededor pareciera demostrar exactamente lo contrario.
Mi acercamiento a Mundo Sin Guerras y Sin Violencia nació también de esa inquietud. No se trataba solamente de compartir el deseo de vivir en un mundo sin guerras, sino de descubrir qué podía hacer cada uno desde su propio espacio para contribuir a una cultura diferente.
En 2018 esa inquietud tuvo para mí un significado especial con la Marcha Sudamericana por la Paz y la Noviolencia. Durante 28 días pude ver cómo aquella iniciativa fue movilizando personas, organizaciones y comunidades a lo largo de más de 11.500 kilómetros por Venezuela, Colombia, Ecuador, Perú, Bolivia, Surinam, Brasil, Argentina y Chile. Llegó a 43 localidades y encontró distintas maneras de hablar de paz a través de encuentros, actividades y espacios de participación. Para quienes estuvimos vinculados a aquel proceso, la marcha no era solamente el recorrido de quienes avanzaban de un país a otro; era también todo aquello que iba despertando a su paso.
Un año después llegó la Segunda Marcha Mundial por la Paz y la Noviolencia, iniciada en Madrid, y desde el capítulo Ecuador volví a participar y aportar en sus actividades. Aquellas experiencias dejaron una enseñanza que todavía me acompaña: una movilización puede recorrer miles de kilómetros, pero su verdadero alcance comienza cuando consigue que alguien se pregunte qué puede hacer desde su propia realidad.

Detrás de este movimiento está también la trayectoria de Rafael de la Rubia, fundador de Mundo Sin Guerras y Sin Violencia e impulsor de las Marchas Mundiales, con quien desde El Costanero hemos tenido la oportunidad de conversar anteriormente sobre el nacimiento de la organización y las motivaciones que lo llevaron a trabajar por un mundo sin guerras. Su presencia ha dado continuidad a un proceso que, con los años, ha ido incorporando personas y organizaciones de diferentes culturas y continentes.
Hoy vuelvo a encontrarme cerca de ese movimiento, aunque desde otro lugar y con otras herramientas. Para septiembre estoy preparando desde Periódico El Costanero y la Escuela de Ciudadanía entrevistas, publicaciones y contenidos para acompañar la 4.ª Marcha Mundial por la Paz y la Noviolencia, escuchar a quienes la impulsan y contribuir a que estas experiencias lleguen a otras personas.
Y esta cuarta edición llega a septiembre mostrando un crecimiento que merece atención.
El último reporte de coordinación internacional, realizado el 2 de agosto, permite dimensionarlo. En apenas siete meses la convocatoria pasó de 23 a 203 ciudades y de 6 a 38 países. El propio balance señala que esas cifras no incluyen todavía otras redes, organizaciones y municipios vinculados con iniciativas internacionales por la paz y el desarme, por lo que el alcance puede ser incluso mayor.
Son números importantes, pero detrás de ellos hay personas organizándose. El reporte recoge iniciativas en Asia y Oceanía, África, Europa y América, con actividades que responden a realidades muy diferentes. Hay trabajo en escuelas y universidades, caminatas, encuentros ciudadanos, expresiones artísticas y culturales, actividades deportivas, festivales, acciones por el desarme y propuestas que utilizan incluso las tradiciones propias de cada comunidad para transmitir un mensaje común.
«La paz empieza en cada persona, en la forma en que convivimos, reconocemos al otro y decidimos no permanecer indiferentes frente a la violencia.»
Esa diversidad permite comprender mejor la dimensión de la convocatoria. No se trata de reproducir una misma actividad en todos los lugares, sino de conseguir que cada ciudad encuentre su manera de hablar de paz y de involucrar a su comunidad.
La reunión del 2 de agosto fue además la última coordinación general antes de la Marcha. A partir de este reporte se avanza hacia una etapa de consolidación en la que los países deberán terminar de definir sus planes y organizar las acciones que desarrollarán en sus ciudades. Para el 2 de septiembre está prevista una coordinación con representantes de cada país y durante el primer fin de semana de ese mes se recomienda concentrar esfuerzos en la preparación local, con responsables y equipos de difusión.
La convocatoria continúa, por tanto, abierta a quienes quieran encontrar su propia manera de participar.
Naturalmente quise conocer qué estaba ocurriendo en Ecuador. Al saber que ya se estaban desarrollando actividades en el país, solicité información y recibí un reporte que muestra una participación especialmente vinculada con la educación y los jóvenes. Caminatas, espacios de reflexión, música, pintura, poesía y otras expresiones han servido para acercar el mensaje de la paz y la no violencia a las nuevas generaciones.
Me interesa particularmente que parte de este trabajo esté llegando a los espacios educativos. Hablar de una cultura de paz también significa aprender a convivir, escuchar, respetar las diferencias y comprender desde temprano que pensar distinto no convierte al otro en enemigo. Involucrar a niños y jóvenes permite que el mensaje trascienda una actividad puntual y pueda permanecer como aprendizaje.

Hay además una reflexión que me toca directamente como periodista. Estamos acostumbrados a informar sobre las guerras cuando ya han comenzado, seguir sus enfrentamientos, explicar sus consecuencias y terminar contando muertos, desplazados y ciudades destruidas. Pero la comunicación también puede dedicar espacio a quienes trabajan para que esas historias no tengan que repetirse, a quienes educan para la convivencia y buscan otras maneras de resolver nuestras diferencias.
Quizás comunicar la paz también sea una manera de marchar.
Por eso mi participación en esta cuarta Marcha será diferente a la de años anteriores, pero mantiene el mismo sentido. Esta vez la acompañaré desde la comunicación, dando espacio a entrevistas, publicaciones y experiencias que permitan conocer qué están haciendo otras personas por la paz desde diferentes lugares del mundo.
Y desde la Escuela de Ciudadanía quiero sumar una propuesta sencilla: “Un minuto por la paz, desde donde estés”.
No pienso solamente en guardar silencio. Pienso en detenernos conscientemente durante un minuto para mirar también hacia nosotros mismos. Mientras en diferentes ciudades habrá personas caminando, reuniéndose, creando, enseñando o desarrollando distintas actividades, quienes estemos lejos también podemos participar. Puede ser desde Ecuador, Nueva York o cualquier lugar del mundo, desde una escuela, una casa, un espacio de trabajo o simplemente allí donde nos encontremos.

Un minuto para reflexionar sobre nuestra propia manera de convivir y sobre cuánto de la paz que reclamamos a gobiernos y sociedades depende también de nuestras palabras, decisiones y formas de relacionarnos.
Porque la paz no comienza únicamente cuando callan las armas. También se construye en lo cotidiano, cuando somos capaces de disentir sin agredir, escuchar antes de juzgar y reconocer al otro aun desde nuestras diferencias.
En 2018 pude acompañar una marcha que recorría países y ciudades. Hoy lo hago desde otro lugar, pero con una convicción que permanece: no todos tenemos que recorrer miles de kilómetros para ser parte. Podemos caminar, educar, conversar, escribir, comunicar o simplemente detenernos un minuto y preguntarnos qué estamos aportando desde nuestro propio espacio. La nuestra será una de ellas.
Desde donde estemos, hagamos nuestra parte para que la paz siempre se imponga a cualquier guerra.