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El Niño ya está aquí; la prevención no puede esperar

La ciencia nunca había tenido tantas herramientas para monitorear este fenómeno. El desafío es transformar ese conocimiento en prevención, planificación y decisiones oportunas antes de que la naturaleza vuelva a poner al país a prueba

Cuando un país decide modificar el calendario de unas elecciones debido al riesgo de un fenómeno climático, está reconociendo la importancia de anticiparse a sus posibles efectos. Ecuador lo hizo al considerar que la evolución del fenómeno de El Niño podía influir en el normal desarrollo del proceso electoral, una decisión que refleja el impacto que este evento puede tener sobre la vida nacional.

Sin embargo, una vez que la atención volvió a concentrarse en la campaña electoral y la coyuntura política, la prevención frente a El Niño quedó nuevamente en un segundo plano. Si el fenómeno fue considerado lo suficientemente importante como para modificar el calendario de unas elecciones, ¿por qué no ocupa hoy el mismo nivel de prioridad en la preparación del país y en la protección de millones de ciudadanos que podrían verse afectados por sus consecuencias?

Patricio Tamariz impulsó esta convocatoria del Grupo Clima & ENSO, un espacio abierto de divulgación científica que reúne a especialistas y ciudadanos para comprender, monitorear e interpretar la evolución del fenómeno de El Niño.
Patricio Tamariz impulsó esta convocatoria del Grupo Clima & ENSO, un espacio abierto de divulgación científica que reúne a especialistas y ciudadanos para comprender, monitorear e interpretar la evolución del fenómeno de El Niño.

Con esa inquietud participé en un webinar organizado por el Grupo Clima & ENSO, un espacio de divulgación científica que reunió a investigadores, oceanógrafos, meteorólogos y ciudadanos interesados en comprender cómo evoluciona El Niño y cuáles son las herramientas que hoy permiten monitorearlo. Lejos de los mensajes alarmistas que suelen acompañar este tipo de fenómenos, el encuentro dejó una reflexión que fue más allá de los pronósticos: la ciencia ha avanzado de manera extraordinaria, pero el verdadero desafío sigue siendo convertir ese conocimiento en acciones concretas que protejan a las personas.

Después de los devastadores eventos de 1982-1983 y 1997-1998, la comunidad científica internacional reforzó significativamente el estudio del océano Pacífico. Organismos como la Administración Nacional Oceánica y Atmosférica de Estados Unidos (NOAA), el Centro Europeo de Pronósticos Meteorológicos de Mediano Plazo (ECMWF), el programa Copernicus de la Unión Europea, la Agencia Meteorológica de Japón (JMA) y otros centros especializados desarrollaron sistemas de observación que hoy permiten seguir el comportamiento del océano prácticamente en tiempo real.

Uno de los avances más importantes fue la consolidación de la red internacional de boyas TAO/TRITON, instalada a lo largo del Pacífico ecuatorial. Estas estaciones registran de forma permanente la temperatura superficial y subsuperficial del mar, las corrientes marinas, los vientos y otros indicadores fundamentales para comprender la evolución del fenómeno. Gracias a estos instrumentos, los científicos ya no observan únicamente la temperatura de la superficie del océano; también pueden detectar la acumulación de calor a decenas de metros de profundidad, información que hace cuarenta años simplemente no estaba disponible.

Esta capacidad de monitoreo representa un cambio trascendental. Si en 1982 o incluso en 1997 muchas decisiones se tomaban cuando los efectos ya eran visibles, hoy la ciencia puede identificar señales tempranas y construir escenarios con suficiente anticipación. En otras palabras, sabemos mucho más que antes sobre lo que ocurre en el Pacífico. Si la ciencia puede advertir con meses de anticipación la evolución de El Niño, ¿por qué esa capacidad aún no se refleja con la misma fuerza en la planificación, la prevención y la preparación de la ciudadanía?

Mapa de anomalías de la temperatura superficial del mar (3 de agosto de 2026). Los tonos rojos muestran un calentamiento persistente en el Pacífico ecuatorial, especialmente en las regiones Niño 3, Niño 3.4 y Niño 1+2, frente a las costas de Ecuador y Perú. Estos indicadores son monitoreados permanentemente por los organismos científicos para evaluar la evolución del fenómeno de El Niño. (Fuente: SENAMHI. Imagen facilitada por Patricio Tamariz).
Mapa de anomalías de la temperatura superficial del mar (3 de agosto de 2026). Los tonos rojos muestran un calentamiento persistente en el Pacífico ecuatorial, especialmente en las regiones Niño 3, Niño 3.4 y Niño 1+2, frente a las costas de Ecuador y Perú. Estos indicadores son monitoreados permanentemente por los organismos científicos para evaluar la evolución del fenómeno de El Niño. (Fuente: SENAMHI. Imagen facilitada por Patricio Tamariz).

Hoy existen modelos climáticos, imágenes satelitales, sistemas de alerta y una red internacional de monitoreo que permite seguir la evolución de El Niño con una precisión impensable hace cuatro décadas. El verdadero reto comienza después: transformar ese conocimiento en decisiones públicas oportunas y en información útil para la ciudadanía.

Esa responsabilidad recae, en primer lugar, en quienes administran el Estado y los gobiernos seccionales, llamados a trabajar junto con los organismos científicos y de gestión de riesgos para interpretar esa información y convertirla en planes, obras de prevención, protocolos y mensajes claros para las comunidades. Solo entonces ese conocimiento cumple su verdadero propósito.

Para un investigador, un mapa de anomalías oceánicas representa una valiosa herramienta de análisis. Para una familia que vive junto a un río, un agricultor, un pescador o un pequeño comerciante, ese mismo mapa carece de utilidad si nadie traduce esos datos en acciones concretas que les permitan proteger su vivienda, su trabajo y su comunidad.

Esa es, probablemente, una de las mayores brechas que dejó al descubierto el webinar. La ciencia produce información cada vez más precisa, pero ese conocimiento aún debe transformarse en herramientas útiles para quienes viven en los territorios más vulnerables. No basta con conocer lo que está ocurriendo en el océano; el verdadero desafío es convertir esos datos en planificación, obras de mitigación, educación comunitaria y preparación ciudadana.


«La ciencia ya aprendió a leer las señales del océano. El gran desafío ahora es que ese conocimiento llegue a tiempo a las decisiones públicas y a cada comunidad vulnerable.»


¿Cuáles son hoy las zonas del país con mayor vulnerabilidad frente a inundaciones, deslizamientos o pérdidas agrícolas? ¿Existe una coordinación efectiva entre los organismos científicos, la Secretaría Nacional de Gestión de Riesgos, los gobiernos autónomos descentralizados y las comunidades para que esa información se traduzca en decisiones oportunas? ¿Qué obras de prevención se están ejecutando antes de que lleguen las lluvias y cuáles siguen siendo apenas proyectos sobre el papel?

Si los científicos advierten con meses de anticipación sobre la evolución del fenómeno y el Estado dispone hoy de herramientas de monitoreo mucho más avanzadas que hace cuatro décadas, ¿cómo evitar que la prevención vuelva a comenzar únicamente cuando las inundaciones, los deslizamientos y las pérdidas humanas ya sean noticia?

En Ecuador existen instituciones que monitorean de forma permanente la evolución del fenómeno, entre ellas el Instituto Nacional de Meteorología e Hidrología (INAMHI), el Instituto Oceanográfico y Antártico de la Armada (INOCAR) y el Comité Nacional para el Estudio Regional del Fenómeno El Niño (ERFEN), que coordinan información con organismos internacionales y elaboran boletines técnicos sobre el comportamiento del océano y la atmósfera. La Secretaría Nacional de Gestión de Riesgos, por su parte, ha solicitado a municipios y prefecturas la elaboración de planes de preparación y respuesta. Todo ello evidencia que existen esfuerzos institucionales y una planificación que no pueden desconocerse.

Sin embargo, para el ciudadano común la gran interrogante comienza después de que esos planes se anuncian. ¿Se han limpiado los sistemas de drenaje? ¿Se han intervenido los taludes más vulnerables? ¿Se identificó a las familias que viven en zonas de riesgo? ¿Se han realizado simulacros? ¿Los agricultores recibieron recomendaciones específicas para proteger sus cultivos? ¿Los barrios conocen cómo actuar si las lluvias se intensifican?

Las imágenes satelitales de la NOAA muestran una marcada acumulación de aguas cálidas frente a la costa ecuatoriana. Este tipo de información, junto con los registros de la red internacional de boyas TAO/TRITON, permite a los científicos monitorear la temperatura del océano tanto en la superficie como en profundidad y mejorar la capacidad de anticipar la evolución de El Niño. (Fuente: NOAA. Imagen facilitada por Patricio Tamariz).
Las imágenes satelitales de la NOAA muestran una marcada acumulación de aguas cálidas frente a la costa ecuatoriana. Este tipo de información, junto con los registros de la red internacional de boyas TAO/TRITON, permite a los científicos monitorear la temperatura del océano tanto en la superficie como en profundidad y mejorar la capacidad de anticipar la evolución de El Niño. (Fuente: NOAA. Imagen facilitada por Patricio Tamariz).

No son preguntas para responder cuando la emergencia ya está en marcha. Son preguntas que deben tener respuesta ahora, mientras todavía existe la posibilidad de prevenir.

En este escenario también los medios de comunicación tenemos una responsabilidad. Durante años la cobertura sobre El Niño ha estado marcada por las inundaciones, las carreteras destruidas, los puentes colapsados y las pérdidas económicas. Informamos cuando la emergencia ya es evidente, pero pocas veces dedicamos el mismo esfuerzo a explicar cómo prepararse antes de que ocurra.

El periodismo puede cumplir un papel mucho más útil para la sociedad. Puede traducir el lenguaje científico en información comprensible, acercar ese conocimiento a las comunidades, dar seguimiento al cumplimiento de los planes de prevención y, sobre todo, responder las preguntas que realmente preocupan a los ciudadanos: ¿está preparado mi barrio?, ¿qué obras ejecutó mi municipio?, ¿qué debo hacer para proteger a mi familia?, ¿cómo identificar los riesgos de mi comunidad antes de que llegue la temporada de lluvias?

La prevención también necesita comunicación. De poco sirve contar con los mejores modelos climáticos si esa información no llega de manera clara a quienes deberán tomar decisiones o enfrentar directamente las consecuencias del fenómeno.

El Niño no puede evitarse. No responde a decisiones políticas ni espera campañas electorales. Es un proceso natural que seguirá formando parte de la dinámica climática del planeta. Lo que sí está en nuestras manos es reducir su impacto.

Hoy contamos con mejores herramientas científicas, más información y una capacidad de anticipación impensable hace apenas unas décadas. Nunca habíamos conocido con tanta precisión lo que ocurre bajo la superficie del océano Pacífico. Paradójicamente, el desafío ya no consiste únicamente en comprender el comportamiento de la naturaleza, sino en demostrar que somos capaces de actuar antes de que sus efectos se conviertan en una nueva emergencia.

La verdadera medida del éxito no estará en la cantidad de modelos climáticos disponibles ni en el número de satélites que observan el océano. Se medirá por nuestra capacidad para convertir ese conocimiento en decisiones oportunas, obras preventivas, comunidades organizadas y ciudadanos informados.

Porque, al final, la diferencia entre un fenómeno natural y un desastre no siempre la determina la fuerza de la naturaleza. Con frecuencia la marca el nivel de preparación de una sociedad.

Próxima entrega

En la siguiente publicación dejaremos de mirar únicamente al océano para mirar hacia nuestras comunidades.

¿Cómo puede prepararse una familia? ¿Qué puede hacer un barrio? ¿Cómo organizarse antes de que lleguen las lluvias? ¿Qué acciones están al alcance de los ciudadanos, más allá de las responsabilidades del Estado?

La prevención no comienza cuando se declara una emergencia.

Comienza cuando la ciencia deja de ser únicamente información técnica y se convierte en conocimiento compartido, organización comunitaria y acciones concretas para proteger la vida.

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