No voy a pretender explicar si la Selección planteó bien o mal un partido. Tampoco tengo los conocimientos técnicos para determinar qué jugador debió entrar antes, quién debía quedarse en la banca o cuál era la estrategia correcta frente al rival de turno. Para eso están quienes conocen el fútbol desde la táctica, la preparación física o la dirección deportiva.
Sin embargo, hay algo que siempre me llama la atención cada vez que juega Ecuador. El partido rara vez termina cuando el árbitro señala el final. Continúa durante horas e incluso días en las conversaciones familiares, en los grupos de WhatsApp, en las redes sociales, en los lugares de trabajo y en cualquier espacio donde se encuentren dos ecuatorianos dispuestos a hablar de lo que ocurrió en la cancha.

Todos tenemos una explicación. Todos encontramos una razón. Todos identificamos un error, una oportunidad perdida o una decisión que, según creemos, pudo cambiar el resultado. Y mientras escuchaba algunas de esas conversaciones me encontré pensando que quizás el tema no era únicamente el fútbol. Porque pocas cosas logran unir tanto a los ecuatorianos como la Selección. Durante noventa minutos desaparecen muchas diferencias y millones de personas concentran su atención en los mismos once jugadores. Los seguimos, sufrimos, celebramos y nos frustramos con ellos como si una parte de nosotros también estuviera sobre el césped.
Tal vez por eso el fútbol resulta tan interesante. No solamente por lo que ocurre en el marcador, sino porque a veces termina funcionando como un espejo donde podemos observar algo más profundo sobre quiénes somos como sociedad. Observamos, opinamos, criticamos y juzgamos. Y aunque eso forma parte de cualquier sociedad democrática, quizás también ha llegado el momento de preguntarnos cuál es nuestra propia responsabilidad en aquello que decimos querer cambiar.
No se trata de responsabilizar a los ciudadanos por un resultado deportivo. El fútbol no funciona así. Pero tampoco podemos olvidar que los jugadores que hoy representan al Ecuador crecieron en este mismo país. Son el resultado de una historia colectiva, de comunidades, familias, escuelas, entrenadores y oportunidades que, en mayor o menor medida, ayudaron a formarlos.
«Esos once jugadores son, en cierta medida, un resumen del país que somos»
Muchos de ellos lograron algo extraordinario. Salieron del país y se abrieron espacio en algunas de las ligas más competitivas del mundo. Aprendieron a desenvolverse en otras culturas, enfrentaron nuevas exigencias y demostraron que el talento ecuatoriano puede competir al más alto nivel. Algo parecido ocurre con miles de ecuatorianos que han tenido que construir su vida fuera del país y demostrar, lejos de casa, de qué son capaces.
Por eso, cuando vemos a la Selección reunida en una cancha, no estamos viendo únicamente a once futbolistas. Estamos viendo historias de esfuerzo, sacrificio y perseverancia. Estamos viendo una pequeña representación del país que somos. Muchos de esos jugadores comenzaron su camino en barrios, escuelas y clubes ecuatorianos antes de abrirse espacio en escenarios que parecían reservados para otros. Algunos llegaron a Inglaterra, otros a España, Francia o Bélgica. Tuvieron que adaptarse, competir y demostrar que podían estar allí por mérito propio. Como tantos compatriotas que emigran buscando oportunidades, aprendieron que el talento abre puertas, pero que la constancia es la que permite permanecer.
Esos once jugadores reflejan muchas de nuestras fortalezas. La capacidad de luchar contra las adversidades, el talento que aparece incluso en circunstancias difíciles y la convicción de que es posible llegar más lejos de lo que otros imaginaban. Pero también reflejan algunos de los desafíos que seguimos enfrentando como sociedad. Si individualmente muchos de ellos han demostrado que pueden competir entre los mejores del mundo, resulta necesario preguntarse qué ocurre cuando vuelven a reunirse bajo una misma camiseta. En el fondo, esa pregunta también habla de nosotros. Porque el verdadero desafío no es únicamente destacar de manera individual, sino descubrir qué somos capaces de construir cuando el esfuerzo deja de ser personal y pasa a convertirse en un proyecto colectivo.

A lo largo de nuestra historia hemos demostrado que los ecuatorianos somos capaces de sobresalir en distintos ámbitos cuando actuamos de manera individual. Lo vemos en la ciencia, en el deporte, en el emprendimiento, en el arte y también en las historias de migración. Sin embargo, los grandes desafíos nacionales siempre nos exigen algo más complejo. Nos exigen la capacidad de construir proyectos comunes y sostenerlos en el tiempo. Tal vez por eso las derrotas deportivas generan emociones tan intensas. No porque un partido defina el valor de un país, sino porque en la cancha terminamos proyectando muchas de nuestras expectativas, frustraciones y esperanzas.
También por eso solemos depositar enormes expectativas en quienes ocupan los espacios más visibles. Lo hacemos con los futbolistas, con los entrenadores, con los alcaldes y con los presidentes. Cuando las cosas salen bien celebramos. Cuando salen mal buscamos rápidamente un responsable y, casi siempre, una persona a quien reemplazar. Sin embargo, la experiencia nos demuestra que cambiar nombres no siempre cambia realidades.
Lo hemos visto en la política, en las instituciones y también en el deporte. Los rostros cambian, pero los problemas de fondo suelen requerir algo más que un relevo. Requieren continuidad, aprendizaje, planificación y compromiso colectivo. Quizás por eso el fútbol resulta tan fascinante. Porque más allá de los goles y de los resultados termina convirtiéndose en un espejo.

Nos muestra nuestras virtudes, nuestras contradicciones y las tareas que aún tenemos pendientes. Cuando la Selección gana, celebramos juntos. Cuando pierde, buscamos explicaciones. Pero en ambos casos seguimos observando algo más que un partido. Seguimos observándonos a nosotros mismos. Y quizás el gol que Ecuador sigue esperando no esté únicamente en el próximo partido.
Tal vez ese gol pendiente tenga más que ver con nuestra capacidad de asumir responsabilidades, trabajar juntos y entender que el futuro de un país nunca depende exclusivamente de quienes están en la cancha. Depende también de quienes observamos desde las gradas.