En este octubre 2026, como todos los años, ya desde los primeros días me percaté de la presencia de lazos color de rosa en puntos focales de productos femeninos de farmacias y supermercados; en uno de ellos, una joven mujer me obsequió una de estas sedosas insignias y un volante con la información completa sobre la manera adecuada de detectar a tiempo un tumor en el seno. La cronología es tal, porque hoy, 19 de octubre, el mundo entero conmemora el Día Internacional del Cáncer de Mama; a partir de que en 1991 la Organización Mundial de la Salud (OMS) lo instituyó así en el calendario.
De ello se desprende que a octubre se lo llame «Mes rosa»; aunque ya, desde 1985, la Sociedad Estadounidense contra el Cáncer lo proclamó como «Mes de Sensibilización sobre el Cáncer de Mama». El característico símbolo rosado comenzó a popularizarse en 1991 cuando la Fundación Susan G. Komen lo entregó a participantes de una carrera en Nueva York. En 1992, Alexandra Penney (editora de la revista de salud Self) y Evelyn Lauder (vicepresidenta de Estée Lauder) impulsaron su distribución masiva (1.5 millones de unidades) a modo de consolidación del emblema a nivel global.

Según la Pan American Health Organization y la OMS, en el mundo, a la fecha, se reportan 20.6 millones de nuevos casos de cáncer al año y cerca de 10 millones de muertes anuales (con proyecciones de escalar a 35 millones para 2050). El cáncer de mama —afirman estas oenegés— constituye el tumor maligno más frecuente en las mujeres de todo el planeta. En América Latina y El Caribe se cuentan 525 mil nuevos casos de cáncer en general por año (en la región de las Américas, esta enfermedad supera los 462 mil diagnósticos y los 100 mil decesos anuales). En este último contexto, el cáncer de mama aparece, también, por efecto de la edad o de diagnóstico tardío: alrededor del 31 % de las mujeres afectadas tiene menos de 50 años (un porcentaje mayor al de Norteamérica), y solo cerca del 20 % de las patologías oncológicas —en general— se detectan en etapas tempranas; circunstancia que incrementa la mortalidad.

En el Ecuador, a partir de los datos de Globocan, la Organización Panamericana de la Salud y proyecciones de SOLCA (Quito), se reportan más de 3 900 nuevos casos anuales de cáncer de mama (con un promedio de tres a cuatro mil diagnósticos por año). Lo cual significa que es el tumor más frecuente en las mujeres del país: representa cerca del 12 % dentro del 21 % de todos los diagnósticos de cáncer femenino.

En contextos precarizados y poco democráticos como el Ecuador, la vivencia del cáncer de mama no es igual para todas las mujeres. Al respecto, en esta sección Aquí y ahora, nosotras de El Costanero, contamos con el testimonio de la máster en Protección Social, Silvana Haro Ruiz, una mujer quiteña de 45 años, que se ha desempeñado por más de 20 en la gestión pública; especialmente en el ámbito de derechos humanos, de la niñez, adolescencia y de las mujeres.

El 24 de agosto del 2022 Silvana fue diagnosticada con cáncer de mama. Sobre su relación con esta neoplasia maligna nos responde así a las preguntas que le formulo:
¿Qué estereotipos nocivos prevalecen en la sociedad sobre las mujeres que padecen o han tenido cáncer de mama? ¿Cómo crees que se debe proceder, socialmente, para erradicarlos?
Durante los tratamientos, la caída del cabello, las pestañas, los cambios de peso y las transformaciones físicas nos confrontan con patrones de belleza profundamente arraigados. Recuerdo que, mientras recibía tratamiento en SOLCA, una mujer nos contó que su esposo la había abandonado cuando perdió el cabello porque ya no era bonita. Esa historia me marcó profundamente. Resulta doloroso comprender que, mientras una mujer lucha por vivir, también deba enfrentar el rechazo por no responder a los mandatos estéticos que la sociedad le ha impuesto.
Uno de los estereotipos más crueles es aquel que vincula nuestra feminidad con la conservación de los senos. Yo tengo una mastectomía parcial y cada vez que miro mi cicatriz recuerdo lo que atravesé. Entonces, las mujeres que enfrentan el cáncer de mama ya no solo deben pensar en batallar con la enfermedad, sino en cómo reconstruir su cuerpo. Quienes tienen condiciones para hacerlo, sin duda lo hacen; pero, quienes no, viven con la eterna cicatriz y el recordatorio de que posiblemente ya no son suficientes como mujeres. A estos prejuicios se suma el estigma de considerar que quienes hemos atravesado el cáncer dejamos de ser personas capaces, productivas o autónomas.
Erradicar estos estereotipos exige transformar la educación, las representaciones sociales y las prácticas institucionales; pero, también, garantizar acompañamiento psicológico durante y después del tratamiento.
¿Qué opinión te merecen las influenciadoras de todo el mundo, que toman su vivencia del cáncer de mama para realizar contenidos en las redes sociales?
Cuando una mujer con reconocimiento público comparte su diagnóstico, sus tratamientos o sus temores, nos recuerda que el cáncer no es una realidad ajena a nuestras vidas. Por eso, valoro a quienes deciden compartir públicamente una experiencia tan íntima, siempre que lo hagan con responsabilidad.
Una influenciadora que dispone de recursos económicos, atención médica especializada, medicamentos oportunos y redes de apoyo tiene posibilidades distintas a las de una mujer que debe esperar meses por una cita, interrumpir sus tratamientos o continuar trabajando para sostener a sus hijos. El riesgo aparece cuando convertimos una experiencia individual de recuperación en una expectativa universal, como si todas tuviéramos las mismas oportunidades o como si sanar dependiera exclusivamente de nuestra actitud y fortaleza emocional.
Los avances científicos han permitido mejorar significativamente las posibilidades de tratamiento de muchos tipos de cáncer, pero sus beneficios no llegan de manera igualitaria a todas las mujeres. Por eso, considero que las redes sociales también deberían servir para visibilizar estas desigualdades, cuestionar la discriminación y exigir políticas públicas que garanticen atención oportuna y continua. Necesitamos testimonios que inspiren, pero que no idealicen la enfermedad ni responsabilicen a las pacientes por sus resultados.
¿En el ámbito de la salud pública y privada del Ecuador, qué funciona adecuadamente y qué no con respecto al tratamiento de cáncer de mama?; ¿qué mejoras deberían implementarse?
En el sector privado obtuve un diagnóstico rápido, aunque comunicado con muy poca sensibilidad. Apenas en una semana mi familia gastó un aproximado de cinco mil dólares en exámenes. Continuar allí era económicamente imposible. Como afiliada voluntaria al IESS, inicié un largo proceso de gestiones y esperas hasta conseguir mi derivación a SOLCA. Allí recibí quimioterapias, cirugía, radioterapias, medicamentos y seguimiento médico continuo; una atención que reconozco de forma profunda, porque fue fundamental para preservar mi vida.

Pero, hay una dimensión que considero todavía más profunda y que suele quedar fuera de la discusión sobre los sistemas de salud: una mujer con cáncer no es solamente una paciente que necesita atención médica; es una persona cuya vida entera se transforma y que requiere protección integral. El cáncer no suspende nuestras responsabilidades económicas, familiares ni afectivas. Después de una quimioterapia, cuando el cuerpo apenas puede sostenerse, seguimos siendo madres, trabajadoras, cuidadoras y, muchas veces, el único sustento de nuestros hogares.
¿De qué sirve garantizar una quimioterapia si una mujer no tiene cómo alimentarse, descansar, transportarse o cuidar de sus hijos mientras se recupera? La atención oncológica debe comprender también la salud mental, la estabilidad económica, la protección laboral, los cuidados y las condiciones materiales necesarias para sostener la vida.
No todas las mujeres tenemos las mismas oportunidades de sanar; no porque unas tengamos mayor voluntad de vivir que otras, sino porque las condiciones para hacerlo son extremadamente desiguales.
Que este día sirva, de forma especial, para que la lectoras de este artículo tomen todas las posibles precauciones para evitar y/o detectar a tiempo el cáncer de mama. Que la política pública de salud, en materia del cáncer femenino, sea emplazada desde un feminismo de clase. Que seamos capaces de desaprender los estereotipos tóxicos sobre las mujeres con enfermedades catastróficas.
Lee más sobre este tema en los siguientes enlaces:
1. La historia detrás del lazo rosa: un símbolo de concienciación sobre el cáncer de mama.
https://imagerebornfoundation.org/pink_ribbon/
- Cáncer de mama.
https://www.who.int/es/news-room/fact-sheets/detail/breast-cancer - Polémica por la campaña «Ponerle el Pecho «, contra el cáncer de mama.
https://www.perfil.com/noticias/sociedad/polemica-por-la-campana-contra-el-cancer-de-mama.phtml - Prevención del cáncer de mama: 4 pasos para autoexplorarse los senos.
https://www.youtube.com/watch?v=OPBtbIkRIUc - Tráiler documental “Mama”, Ana Cristina Benítez, 2025
https://www.youtube.com/watch?v=8ESSKzQRAcE