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Nueva York | Gobernar la ciudad global

Capítulo I · Gobernar una ciudad que nunca se detiene

Mientras cientos de miles de personas esperaban la llegada de 2026 en Times Square, una segunda cuenta regresiva transcurría casi en silencio.

Como en otras ocasiones, decidí recibir el Año Nuevo en uno de los lugares más emblemáticos de Nueva York. La atención estaba puesta en la enorme esfera luminosa que descendería exactamente a la medianoche, marcando el inicio de un nuevo año. Todo ocurría como lo había visto antes: la música, la expectativa, el conteo final y la emoción compartida por personas llegadas desde distintos lugares del mundo.

Sin embargo, esa noche tenía una particularidad que entonces no alcanzaba a dimensionar. Mientras la ciudad celebraba el comienzo de 2026, iniciaba una nueva administración municipal. Al primer minuto del 1 de enero no solo cambiaba el calendario; comenzaba el mandato de un nuevo alcalde.

Lo verdaderamente curioso no fue el relevo político. Fuera de Times Square, la ciudad seguía funcionando con absoluta normalidad. El metro continuaba movilizando pasajeros. Los hospitales mantenían su operación habitual. Los bomberos permanecían de guardia. Los servicios de emergencia respondían a las llamadas. Miles de trabajadores iniciaban su jornada como cualquier otro día. Nada hacía pensar que una ciudad de más de ocho millones de habitantes estuviera atravesando un cambio de gobierno.

Aquella escena dio origen a la pregunta que terminaría marcando esta investigación:

¿Qué hace posible que una ciudad de esta dimensión cambie de administración sin alterar el funcionamiento de su vida cotidiana?

Detrás del dinamismo que proyecta Nueva York existe una estructura institucional que rara vez llama la atención de quienes la visitan. La ciudad suele admirarse por sus rascacielos, su sistema de transporte, su diversidad cultural o su peso económico. Mucho menos visible es la organización pública que sostiene ese funcionamiento cotidiano.

Gobernar Nueva York significa coordinar una ciudad donde conviven más de ocho millones de residentes y a la que, cada día, ingresan cientos de miles de trabajadores, estudiantes, turistas y visitantes. Es administrar uno de los sistemas urbanos más complejos del mundo, donde millones de decisiones deben ejecutarse de manera coordinada para que la ciudad continúe funcionando las veinticuatro horas del día, los siete días de la semana.

Todos utilizan el mismo espacio urbano y dependen, en mayor o menor medida, de servicios públicos que no pueden detenerse mientras cambia una administración. Precisamente esa continuidad fue la que comenzó a llamar mi atención.

En la mayoría de las coberturas periodísticas, un cambio de gobierno suele concentrarse en los nombres de las nuevas autoridades, los anuncios políticos o las primeras decisiones del mandatario entrante. Sin embargo, mientras revisaba documentos oficiales y bibliografía especializada, descubrí que en Nueva York el proceso más importante ocurre mucho antes de que el alcalde preste juramento. La transición no empieza el 1 de enero; para entonces, lleva semanas, e incluso meses, preparándose.

Mientras miles de personas recorren cada día Times Square, pocas imaginan que, detrás del dinamismo de la ciudad, existe una compleja estructura institucional que permite a Nueva York funcionar sin interrupciones, incluso durante una transición de gobierno.
Fotografía: Olga C. Guerra Pizarro | Archivo documental de la investigación periodística Gobernar Nueva York – El Costanero.

La transición que casi nadie ve

Lo primero que pude constatar fue que una ciudad como Nueva York no improvisa una transición de gobierno. Mucho antes de que el nuevo alcalde ocupe su despacho en el City Hall, la administración entrante ya trabaja junto con la saliente en un proceso cuidadosamente organizado. La transición no depende únicamente de la buena voluntad de quienes dejan el cargo; forma parte de una planificación institucional diseñada para que la ciudad continúe funcionando sin sobresaltos.

En ese proceso interviene el Transition Team, encargado de coordinar el traspaso de información entre ambas administraciones. Su trabajo comienza semanas antes de la posesión oficial e incluye una tarea que pocas veces resulta visible: revisar el estado de los proyectos en ejecución, conocer la situación financiera de la ciudad, identificar los principales desafíos de cada agencia y preparar la información que necesitarán las nuevas autoridades desde el primer día de gobierno. No se trata únicamente de entregar oficinas o cambiar nombres en las puertas, sino de garantizar que miles de decisiones que afectan diariamente a la ciudad no queden suspendidas por el cambio de una administración.

Mientras esa transición avanza, los hospitales continúan atendiendo pacientes, los bomberos responden a las emergencias, el sistema de saneamiento recoge miles de toneladas de residuos, los parques abren sus puertas cada mañana y el transporte público mantiene su operación habitual. La ciudad no entra en una pausa administrativa mientras cambia el liderazgo político.

Esa continuidad dio paso a una segunda pregunta: si cambia el alcalde, ¿cambia también todo el gobierno de la ciudad? La respuesta fue una de las primeras sorpresas de esta investigación. Lo que cambia es el liderazgo político. La estructura que sostiene el funcionamiento cotidiano permanece.

El nuevo alcalde designa a su equipo de confianza: vicealcaldes (Deputy Mayors), asesores principales y los comisionados que dirigirán las grandes agencias municipales. Son ellos quienes marcarán las prioridades políticas de la nueva administración y conducirán las principales decisiones durante los siguientes cuatro años.

Sin embargo, detrás de ese equipo existe una organización mucho más amplia que no desaparece con cada elección.

El Gobierno de la Ciudad de Nueva York cuenta con más de 300.000 empleados públicos, lo que lo convierte en uno de los mayores empleadores municipales de Estados Unidos. Policías, bomberos, médicos, enfermeras, ingenieros, arquitectos, inspectores, bibliotecarios, abogados, urbanistas, trabajadores de saneamiento y decenas de miles de profesionales continúan desempeñando sus funciones independientemente de quién ocupe la Alcaldía.

Fue entonces cuando comprendí que la estabilidad de la ciudad no depende únicamente de sus autoridades, sino de la fortaleza de sus instituciones. Esa diferencia cambia por completo la manera de entender la gobernanza.

Con frecuencia se habla del alcalde como si gobernara solo, la realidad es bastante más compleja. El liderazgo político orienta el rumbo de la ciudad, pero la capacidad de ejecutar las políticas públicas descansa sobre una administración permanente que conserva el conocimiento técnico, la experiencia acumulada y la continuidad de los servicios esenciales.

Comprender esa estructura llevó la investigación hacia una nueva etapa. Ya no se trataba únicamente de analizar la transición entre administraciones, sino de entender cómo funciona el gobierno municipal en su vida cotidiana.

Ese recorrido condujo a un documento que terminaría convirtiéndose en una de las principales fuentes de esta serie: la New York City Charter, la Carta de la Ciudad de Nueva York.

La Biblioteca Pública de Nueva York (New York Public Library) constituye uno de los principales espacios de consulta documental utilizados durante el desarrollo de la investigación periodística Gobernar Nueva York. Fotografía: Olga C. Guerra Pizarro | Archivo documental de la investigación periodística Gobernar Nueva York – El Costanero.
La Biblioteca Pública de Nueva York (New York Public Library) constituye uno de los principales espacios de consulta documental utilizados durante el desarrollo de la investigación periodística Gobernar Nueva York.
Fotografía: Olga C. Guerra Pizarro | Archivo documental de la investigación periodística Gobernar Nueva York – El Costanero.

Una ciudad que tiene su propia carta

Mientras revisaba distintos materiales en la Biblioteca Pública de Nueva York (New York Public Library), un título llamó mi atención: The City That Never Sleeps («La ciudad que no descansa»), de Douglas Preston. Aunque no era un libro sobre administración pública, su nombre resumía con precisión la pregunta que venía guiando esta investigación. Si Nueva York realmente es una ciudad que nunca se detiene, ¿qué hace posible que continúe funcionando con estabilidad más allá de los cambios políticos?

La respuesta comenzó a aparecer en la New York City Charter, la Carta de la Ciudad de Nueva York.

Hasta ese momento imaginaba que se trataba de un documento jurídico más. Sin embargo, al revisar su contenido comprendí que estaba frente a algo mucho más importante: el instrumento que organiza el funcionamiento del gobierno municipal y define las reglas bajo las cuales opera la administración pública de Nueva York.

Comprender la Carta también permitió mirar la gobernanza desde otra perspectiva. El funcionamiento de la ciudad no depende únicamente de quienes ocupan temporalmente los cargos públicos. Descansa, sobre todo, en un conjunto de instituciones, normas y responsabilidades que trascienden a cada administración.

Así como la Constitución de Estados Unidos establece la organización del gobierno federal y la Constitución del Estado de Nueva York define el marco institucional del estado, la New York City Charter determina cómo funciona el gobierno de la ciudad dentro de las competencias que le reconoce la legislación estatal.

Pero esa lectura dio paso a una nueva inquietud: ¿desde cuándo existe una Carta para gobernar Nueva York? La respuesta obliga a viajar varios siglos atrás.

La primera carta municipal fue otorgada en 1653, cuando la ciudad aún se llamaba Nueva Ámsterdam y formaba parte de la colonia neerlandesa. Aquel documento permitió establecer el primer gobierno local. Sin embargo, la organización institucional que hoy conocemos comenzó a consolidarse mucho después, con la unificación de los cinco boroughs en 1898. Fue entonces cuando se aprobó una nueva Carta para administrar una ciudad que acababa de convertirse en una de las más grandes del mundo.

Lo más interesante es que ese documento nunca quedó congelado en el tiempo. A medida que Nueva York crecía y enfrentaba nuevos desafíos, también evolucionaban las reglas que organizaban su gobierno. La Carta ha sido objeto de importantes reformas a lo largo del último siglo. Algunas respondieron al crecimiento urbano; otras buscaron corregir desequilibrios en la distribución del poder o adaptar las instituciones a nuevas realidades administrativas.

Quizá uno de los aspectos que más llamó mi atención fue descubrir que la Carta no es un documento inmutable. Nueva York mantiene un mecanismo permanente para revisar la forma en que se gobierna. A través de las Charter Revision Commissions, comisiones creadas para estudiar posibles reformas, la ciudad evalúa periódicamente si su estructura institucional continúa respondiendo a las necesidades de la población. Las propuestas se debaten públicamente y, cuando corresponde, son sometidas al voto ciudadano mediante referéndum.

La New York City Charter constituye la norma fundamental del gobierno municipal de Nueva York. Sus sucesivas reformas reflejan la evolución institucional de una ciudad que ha adaptado sus reglas de gobierno a los cambios políticos, sociales y urbanos. Fotografía: Olga C. Guerra Pizarro | Archivo documental de la investigación periodística Gobernar Nueva York – El Costanero.

La New York City Charter constituye la norma fundamental del gobierno municipal de Nueva York. Sus sucesivas reformas reflejan la evolución institucional de una ciudad que ha adaptado sus reglas de gobierno a los cambios políticos, sociales y urbanos. Fotografía: Olga C. Guerra Pizarro | Archivo documental de la investigación periodística Gobernar Nueva York – El Costanero.Aprender a gobernar también significa aprender a cambiar

La historia de la New York City Charter demuestra que la gobernanza de Nueva York nunca ha sido un modelo estático. Sus reformas reflejan la evolución de una ciudad que, a medida que crecía y se transformaba, también revisaba la manera en que organizaba su gobierno.

Las modificaciones más importantes de la Carta no ocurrieron por casualidad. Cada una respondió a un momento en que las reglas existentes dejaron de ser suficientes para administrar una realidad cada vez más compleja. La consolidación de los cinco boroughs, a finales del siglo XIX, obligó a diseñar una nueva estructura institucional para una ciudad que acababa de multiplicar su territorio, su población y sus responsabilidades. Décadas más tarde, el crecimiento urbano y la complejidad administrativa impulsaron nuevas reorganizaciones. En 1989, una decisión de la Corte Suprema de Estados Unidos volvió a modificar la distribución del poder municipal y dio origen a una de las reformas más profundas de la historia reciente de la ciudad.

La Carta no preserva una única forma de gobernar Nueva York; preserva la capacidad de adaptarse. Esa es, probablemente, una de las características más valiosas, y menos visibles, de su sistema institucional. Las reglas no permanecen inalterables simplemente porque hayan funcionado en el pasado. Se revisan cuando la ciudad cambia, cuando surgen nuevos desafíos o cuando la experiencia demuestra que es necesario ajustar el funcionamiento de sus instituciones.

La estabilidad, en este caso, no proviene de la inmovilidad. Proviene de la capacidad de evolucionar sin perder continuidad. Ese principio explica, en buena medida, por qué una ciudad capaz de transformarse permanentemente puede seguir funcionando con normalidad mientras cambian sus autoridades.

Las reglas antes que las personas

Al avanzar en la lectura de la New York City Charter, resultó evidente que el documento no fue concebido para describir una administración en particular ni para adaptarse al estilo de gobierno de un alcalde determinado. Su propósito es mucho más amplio.

La Carta establece la arquitectura institucional sobre la que funciona el gobierno de la ciudad. Define las competencias del Poder Ejecutivo, organiza el Poder Legislativo municipal, crea las principales agencias, delimita responsabilidades y establece los mecanismos de control bajo los cuales deben actuar las autoridades. En otras palabras, primero existen las reglas; después llegan las personas encargadas de aplicarlas. Ese principio explica buena parte de la estabilidad institucional de Nueva York.

Cada elección renueva el liderazgo político de la ciudad, pero no modifica la estructura sobre la cual opera el gobierno. Las funciones del alcalde, las atribuciones del City Council, las responsabilidades de las agencias municipales y los procedimientos para la toma de decisiones permanecen definidos por un marco institucional que trasciende a cada administración. Quizá esa sea una de las mayores fortalezas del modelo de gobernanza de Nueva York.

Las instituciones no se reorganizan cada cuatro años. Son los gobiernos los que deben adaptarse a las reglas previamente establecidas. Bajo esa lógica, el cambio de autoridades representa el inicio de una nueva gestión, pero no el comienzo de un nuevo sistema de gobierno.

Por eso, mientras miles de personas celebraban la llegada de 2026 en Times Square, Zohran Mamdani asumía oficialmente como el 112.º alcalde de la ciudad de Nueva York sin que la ciudad alterara su funcionamiento. Las instituciones ya estaban en marcha, la transición había sido preparada con anticipación y las reglas bajo las cuales debía ejercer el cargo llevaban décadas, e incluso siglos, construyéndose y perfeccionándose.

Ese es, quizá, el primer gran aprendizaje que deja esta investigación: en Nueva York, el cambio de una autoridad no significa comenzar desde cero, sino incorporarse a una estructura institucional que continúa funcionando independientemente de quién ocupe temporalmente el cargo.

Con esta primera pregunta resuelta, la investigación nos conduce naturalmente a la siguiente.

El City Hall, sede histórica del gobierno municipal de Nueva York desde 1812, se integra al conjunto institucional de City Hall Park, donde también se levanta el Manhattan Municipal Building, uno de los principales centros administrativos de la ciudad. Fotografía: Olga C. Guerra Pizarro | Archivo documental de la investigación periodística Gobernar Nueva York – El Costanero.
El City Hall, sede histórica del gobierno municipal de Nueva York desde 1812, se integra al conjunto institucional de City Hall Park, donde también se levanta el Manhattan Municipal Building, uno de los principales centros administrativos de la ciudad.
Fotografía: Olga C. Guerra Pizarro | Archivo documental de la investigación periodística Gobernar Nueva York – El Costanero.

¿Qué es exactamente la Ciudad de Nueva York y por qué su organización administrativa es diferente a la de la mayoría de las grandes ciudades del mundo, e incluso a la de muchas otras ciudades de los propios Estados Unidos?

Responder esa pregunta permitirá comprender cómo se articula el gobierno de la ciudad, cuál es la función de sus cinco boroughs, cómo se relaciona con el Estado de Nueva York y qué papel desempeña dentro del sistema federal estadounidense.

Ese será el punto de partida del próximo capítulo de esta investigación.

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