Ya se oyen lejanos, como la música de una procesión que se aleja y deja una pena, una oportunidad perdida que se quedará resonando en la imaginación sobre una obra que ya nunca se realizará, bella, pero incomprendida.
Ya no podremos ver al gran monolito de hormigón blanco con destellos dorados como el pan de oro que cubre los retablos de San Francisco, que proponía el estudio de arquitectura de Campo Baena para nuestro museo, el de todos, el MuNa que ganó el concurso, perfectamente geométrico, como una caja fuerte posando sobre la Pradera mirando al majestuoso Pichincha y recibiendo a pie al parque de las Carolinas, con sus árboles exóticos traidos por ibéricos eucaliptos y pinos junto a cholanes nativos, arupos, jacarandas y molles de bayas rosadas.
No lo veremos…
No lo veremos por ciegos, por parroquianos, por mezquinos con los aplausos extranjeros, por hacerle caso a las redes sociales sin reflexionar, por dejarnos llevar por el momento político y no mirar mejor, por no hacerle caso a la sabiduría del jurado que sí conocía lo que se debía observar.
Dejamos pasar a un autor que ya no será parte de nuestra identidad y tampoco seremos parte de su historia y fama.
Desde el título de la propuesta debíamos haber entendido que se iba a tratar de poesía en la arquitectura:
…Ecos del sol…
Palabras sugestivas, poderosas, evocadoras de fantasías.
Del silencio y la perdurabilidad que un monolito impone y que actúa como una herramienta de evolución y un faro de señalización.
Que también podían ser las de homenaje al dios de los ancestros originales, al Sol que ilumina con luz única y equinoccial a nuestra capital.
Nuestra, porque si de algo sirvió el concurso del MuNa fué para hacernos sentir propia la ciudad.
Esta caja de piedra monumental que propuso el diseñador español y el grupo de arquitectos lojanos que lo acompañaron, sería el recipiente seguro donde guardar los tesoros del patrimonio nacional y exhibir los millones de valores que nos recuerdan de donde venimos y de los que podemos sentirnos orgullosos.
Por fuera seria austero y solemne, como esos monumentos que hay que mirarlos más de una vez para comprenderlos y empezar a escuchar la poesía formando parte del paisaje, como remate del parque al que llegar y un aperitivo anterior a los altos edificios de vidrio y acero impersonal pero seguramente hermosos que se construiran detrás de él, cambiando el eje de gravedad del pantano de Iñaquito.
Por adentro, sería intimo, como debe ser un museo moderno: eficiente, funcional, flexible, un cobijo que inspire seguridad y que invite a recorrer sin laberintos los tesoros guardados.
A apreciar los detalles especiales, las aberturas y lucernarios geométricos estratégicamente abiertos para dejar entrar la luz natural, los ecos de la estrella que ilumina sin artificios el interior y contraste con las sombras suaves del recogimiento necesario para admirar las salas de tesoros magníficos.
La identidad de una ciudad viene dada por lo que fue, por lo que es y también por lo que se espera ser.
Este bello museo propuesto por el maestro español no será parte de la nuestra, la dejamos pasar, no supimos apreciarla y la perdimos por decisiones torpes e ignorantes del populista de turno.
Alguien que si alcanzo a oír los ecos y merece un aplauso sonoro es la exviceministra de Cultura, Romina Muñoz, de gran calibre intelectual e impulsora incansable del proyecto MuNa.
Y otra aclamación merecida será para el CAE y su director, que realizaron un trabajo impecable, honesto y ambicioso.
Se oyen ya a lo lejos los ecos del sol que se silencian, ya vendrán días mejores y con más sabiduria.