Este era un viaje muy esperado… pero no compartido. Mi esposa, con exceso de imaginación, decidió no acompañarme: entre el barco, las olas nocturnas y las historias tempestuosas del Canal de la Mona, prefirió despedirme desde tierra firme con un pañuelito blanco. Yo mantuve mi anhelada aventura y me embarqué.
El lunes 13 de abril/26, a las 6:00 p. m., partí desde San Juan, Puerto Rico, a bordo del barco Kydon, de Ferries del Caribe, construido en 1990, con destino a Santo Domingo, República Dominicana. Catorce horas por delante, 450 kms y una mezcla de aventura y fe en el estómago.
La salida fue, sencillamente, espectacular. Pasar en San Juan tan cerca del imponente Castillo de San Felipe del Morro, al atardecer, es de esas imágenes que justifican cualquier viaje. El fantástico mar Caribe emociona y deleita hasta al más apático e insensible.

El Kydon, veterano del mar, llevaba su carga de 1.000 pasajeros, 150 vehículos y muchas esperanzas. En mi caso, haber elegido camarote de primera no fue tanto lujo como estrategia: un pequeño refugio con salvavidas frente a la imprevisibilidad del mar, ya que se pronosticaban fuertes tormentas. Mucha gente pasa la noche solo en butacas reclinables.
Y entonces, la noche. Y con ella… el famoso “Canal de la Mona”, ese tramo de mar que no necesita presentación y que, a veces, produce alegría y otras, fuerte angustia.
El ferry empezó a bailar —a ratos vals, a ratos intenso reguetón— y más de uno pensó en sus pecados. Hubo silencios largos, caminatas estratégicas, miradas al horizonte y, para algunos, la búsqueda urgente de las famosas pastillitas contra el mareo.
Pero incluso en medio del vaivén, el viaje guardaba sorpresas.
En los varios salones, la música logró imponerse al movimiento. Y allí, en plena travesía, una señora muy mayor —con una seguridad admirable— me invitó a bailar salsa. Acepté. Por unos minutos, el mar dejó de ser enemigo y se volvió acompañante del ritmo.
A las 8:00 de la mañana, con el cuerpo algo cansado pero con el espíritu intacto, apareció el Malecón de Santo Domingo. Y entrando al puerto por el río Ozama, como en Guayaquil por el río Guayas, estaba, majestuosa y también muy cerca, la Fortaleza Ozama, la construcción militar más antigua de América, construida entre 1502 y 1508, y la fabulosa y bellísima Zona Colonial de Santo Domingo, dándonos la bienvenida como si nada hubiera pasado en la noche.

Al final, uno llega distinto, medio mareado, con ganas de ir al campo dominicano a visitar las haciendas de cacao y breadfruit, pensando en planificar la próxima aventura y con nuevas historias que contar.
¿Valió la pena el viaje? Seguro que sí y, tal vez, la próxima vez convenza a mi esposa… o le dé la razón.