Cada vez que se acerca un nuevo proceso electoral escuchamos historias muy parecidas. Aspirantes que anuncian su candidatura explicando que la decisión fue tomada después de conversar con su esposa, su esposo, sus hijos o su familia. Es natural que una decisión de esa magnitud se comparta con quienes forman parte de la vida personal de cada candidato. Lo que resulta curioso es que casi nunca escuchemos una frase distinta: «Acepté esta candidatura porque fueron los ciudadanos quienes me pidieron representarlos».
Y esa diferencia dice mucho sobre cómo hemos entendido la política durante años.
Nos hemos acostumbrado a que las candidaturas nazcan dentro de los partidos políticos. Allí se negocian nombres, se construyen acuerdos y se definen estrategias. Después interviene el Consejo Nacional Electoral para verificar que quienes aspiran a participar cumplan los requisitos que establece la ley. Solo al final aparece el ciudadano, cuando prácticamente todo está decidido y únicamente queda escoger un nombre en la papeleta.
Entonces surge una pregunta que pocas veces nos hacemos: ¿realmente estamos eligiendo o simplemente estamos votando?
Elegir implica conocer, comparar, analizar y decidir con información suficiente. Votar puede terminar siendo apenas el acto de marcar una papeleta entre opciones que otros seleccionaron previamente. La diferencia parece pequeña, pero en realidad cambia por completo el papel del ciudadano dentro de una democracia.
No se trata de cuestionar la función del Consejo Nacional Electoral. Su responsabilidad es garantizar que el proceso se desarrolle conforme a la ley y que las candidaturas cumplan los requisitos legales. Esa tarea es fundamental y nadie pretende sustituirla.
Pero la democracia no termina donde termina la ley.
“El voto no es un acto de fe, es una decisión que exige información.”
Existe un espacio que pertenece exclusivamente a los ciudadanos y que, durante mucho tiempo, hemos dejado vacío. Es el derecho —y también la responsabilidad— de examinar a quienes solicitan nuestra confianza para administrar recursos públicos, tomar decisiones en nuestro nombre y representar nuestros intereses.
Cuando una persona decide postularse para una dignidad pública deja de ser únicamente un ciudadano con aspiraciones personales. Se convierte en alguien que solicita un voto de confianza. Y la confianza no puede construirse únicamente con un buen discurso, una campaña bien diseñada o una fotografía sonriente.
La confianza se construye con transparencia.
Por eso los ciudadanos tenemos derecho a conocer quién es esa persona, cuál ha sido su trayectoria, qué resultados obtuvo cuando ocupó otros cargos, qué propone realmente y cómo piensa cumplirlo. También tenemos derecho a preguntar por sus antecedentes públicos, distinguiendo siempre entre una denuncia, una investigación, una sanción administrativa o una sentencia ejecutoriada. Informarse no significa condenar a nadie; significa ejercer un voto responsable.
“Quizá ha llegado el momento de dejar de ser ciudadanos que únicamente votan y empezar a ser ciudadanos que verdaderamente eligen.”
También deberíamos empezar a preguntarnos por qué hemos aceptado que las candidaturas sean una conversación casi exclusiva entre partidos y aspirantes, mientras el ciudadano permanece como espectador hasta el inicio de la campaña. Si el voto pertenece a la ciudadanía, resulta razonable que la ciudadanía tenga un papel mucho más activo desde el momento en que comienzan a definirse quienes aspiran a gobernarla.
Tal vez ha llegado el momento de cambiar esa lógica. No para reemplazar a las instituciones ni para impedir que alguien participe en una elección, sino para asumir la responsabilidad que durante demasiado tiempo hemos delegado. La democracia necesita partidos políticos fuertes y autoridades electorales independientes, pero también necesita ciudadanos que no esperen pasivamente el día de las elecciones para interesarse por quienes solicitan su confianza.
Esta serie nace precisamente con ese propósito. No busca decirle a nadie por quién votar. Busca algo mucho más importante: recuperar el derecho del ciudadano a preguntar, investigar, comparar y exigir respuestas antes de entregar su voto.
Porque una democracia no se fortalece únicamente cuando más personas acuden a las urnas. Se fortalece cuando los ciudadanos comprenden que el voto es el final de un proceso, no el principio.
Quizá ha llegado el momento de dejar de ser ciudadanos que únicamente votan y empezar a ser ciudadanos que verdaderamente eligen.