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jueves, agosto 28, 2025
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Conversa entre montuvios

Placeres auténticos del monte y la amistad con don Ramón, a quien el Ecuador debe un homenaje

Que mayor placer que una conversa entre montuvios, y más aún sobre una balsa costeña en medio del fabuloso río Daule, con la fresca brisa que mueve las ramas de los palos prietos y con la marea creciente.

Las horas parecen no pasar y tampoco provoca bajarse de tan bella balsa para regresar a la orilla en la balumosa canoa “La Madrina”, donde siempre toca achicar un poco el agua que se ha colado con el respectivo mate.

Mi querido amigo, el “montuvio del otro río”, como llamo a Ramón Sonnenholzner Murrieta, pues yo soy del Babahoyo, es todo un personaje del Ecuador. Ha dedicado su vida a apoyar el arte, la música, el teatro, el folclor, el periodismo, la radio, los museos y tantas expresiones más, porque su amor por este país y su gente no tiene límites.

Conversamos sin parar de nuestros ríos maravillosos, de las antiguas lanchas repletas de hamacas para los pasajeros, de los rodeos montuvios, de las yerbas de los potreros y de las razas de ganado, del traslado de las vacas desde los bajos de Baba hasta las lomas de Colimes, de los apellidos montuvios y sus pueblos, de las cantinas más recordadas, de la música y los bailes populares, de las haciendas famosas y sus mejores vaqueros.

La balsa costeña en medio del Daule, escenario perfecto para la conversa montuvia entre ríos y memorias. Foto cortesía
La balsa costeña en medio del Daule, escenario perfecto para la conversa montuvia entre ríos y memorias. Foto cortesía

Hablamos también de la gastronomía montuvia: el seco de pato, el bolón de verde, el guanchiche en canuto de caña… De los tremendos inviernos de antaño que inundaban gran parte de la zona, de los entierros montuvios con los difuntos trasladados en canoas llenas de acompañantes, siempre con los pies hacia el pueblo, pues lo contrario es mala suerte, de las peleas a machete, del canto lóbrego del “pájaro estaca” que asusta hasta a las lechuzas, de los buenos caballos de paso, de las carreras de cintas, del olor a cacao en los tendales y de los arrozales recién florecidos, del sabor de una bola de chocolate montuvio y de un buen guanchucho para alegrar “ar guargüero”.

Placeres sencillos y auténticos que regala la vida del monte, y que se disfrutan aún más con el honor de ser amigo de este gran hombre: don Ramón, a quien el Ecuador entero le debe un homenaje inmenso.

Sergio Cedeño Amador
Sergio Cedeño Amador
Miembro de la Academia de Historia del Ecuador
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