Durante décadas, la narrativa en torno al volcán Tungurahua estuvo dominada por la gestión de desastres. Sus procesos eruptivos dictaban el ritmo de vida, la economía y la demografía del centro del país. Sin embargo, hoy somos testigos de un cambio de paradigma fascinante: la transición de la vulnerabilidad a la resiliencia a través del Proyecto Geoparque Volcán Tungurahua.
Esta iniciativa, que obtuvo el reconocimiento como Geoparque Mundial de la UNESCO, no es un simple ejercicio de inventario paisajístico. Es, en esencia, uno de los modelos de gobernanza territorial y turismo regenerativo más ambiciosos del Ecuador.
El impacto más profundo del proyecto, antes de que el turista siquiera pise el territorio, está en su modelo de gestión. La geología no entiende de límites provinciales, y el gran acierto de esta iniciativa ha sido forjar una mancomunidad que articula a cinco cantones históricamente divididos por líneas imaginarias: Baños de Agua Santa, Pelileo y Patate (en Tungurahua), junto con Guano y Penipe (en Chimborazo).

Lograr que cinco alcaldías y dos prefecturas alineen sus planes de ordenamiento territorial bajo una misma visión técnica es, sin duda, un hito importante. El Geoparque obliga a las autoridades a dejar de pensar en “atractivos aislados” para comenzar a planificar en términos de “destinos integrados”. Este es el verdadero desarrollo territorial: cuando la política pública se subordina a la vocación natural y cultural del suelo.
Geoturismo y bioeconomía: el valor de la ceniza
Desde la perspectiva del producto turístico, el Geoparque propone una evolución necesaria frente al turismo masivo y extractivista. El visitante ya no llega únicamente a “consumir” un paisaje desde un mirador, sino a comprender la dinámica de una tierra viva.
El impacto en las economías locales se manifiesta a través de una bioeconomía aplicada. Tomemos como ejemplo los cantones de Patate o Penipe. Sus rutas agroturísticas no serían lo que son sin la ceniza volcánica que, a lo largo de los siglos, ha mineralizado los suelos, dotando a sus cultivos frutales de características únicas. El agricultor se convierte así en un intérprete del paisaje y el producto local, desde una mandarina hasta el tejido en Salasaka, adquiere un valor añadido porque cuenta la historia de una adaptación milenaria al entorno volcánico.
El éxito a largo plazo de este destino no se medirá en el volumen de llegadas durante los feriados, un indicador que, de hecho, amenaza la capacidad de carga en zonas como Baños. El verdadero indicador de éxito es la apropiación comunitaria.

Aquí entra en juego la estrategia de los “Geoamigos” y la profesionalización de la cadena de valor. Restaurantes, operadoras, artesanos y transportistas se están capacitando no solo en servicio al cliente, sino también en interpretación geológica y mitigación de riesgos. El turismo regenerativo exige que la actividad deje el lugar mejor de lo que lo encontró, educando al visitante, financiando la conservación de los ecosistemas de páramo y mitigando la migración juvenil mediante la creación de emprendimientos de base científica y cultural.
El estatus de Geoparque de la UNESCO es un catalizador, pero no debe ser el único fin. El proceso de postulación y acreditación ya ha entregado su mayor rentabilidad: ha obligado al destino a mirarse al espejo, a identificar sus vulnerabilidades y a estructurar un modelo de desarrollo que pone a la comunidad y a la geodiversidad en el centro de la ecuación.
El Tungurahua ya no es el gigante que paraliza la economía local. Hoy es el eje sobre el cual gira un laboratorio vivo de resiliencia y planificación turística del que todo el país debería aprender.