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Gobernar no es solo decidir: el desafío de la gobernabilidad

Una lectura ciudadana sobre gobernabilidad, método y consecuencias en tiempos de emergencia

Este artículo no nace por curiosidad académica ni por interés en destacar una universidad extranjera. Surge en un momento concreto de la vida del país, cuando Ecuador atraviesa tensiones profundas en materia de gobernabilidad, seguridad y conducción política, y cuando una parte importante de la ciudadanía se pregunta por qué se toman ciertas decisiones y hacia dónde nos conducen.

El propósito es dar contexto, no prestigio. Entender procesos, no idealizar instituciones. En tiempos de crisis, explicar cómo se gobierna es una forma de fortalecer la ciudadanía.

En Ecuador, cuando se dice que un presidente “estudió en Harvard”, suele generarse una expectativa automática: decisiones acertadas, eficiencia y control. Como si el nombre de una universidad bastara para garantizar buenos gobiernos. Conviene aclararlo desde el inicio. Harvard no forma gobiernos ni asegura resultados exitosos. Forma personas para tomar decisiones en contextos difíciles, cuando no hay tiempo, cuando los recursos son escasos y cuando cualquier camino implica costos.

En el campo del poder público, la referencia es la Harvard Kennedy School, especializada en políticas públicas y gobernanza. Allí no se enseña ideología; se enseña método. El enfoque parte de una idea simple: identificar el problema central, actuar para estabilizar la situación y luego ordenar el resto. Es una lógica útil en momentos de crisis, pero no suficiente por sí sola para gobernar sociedades complejas como la ecuatoriana.

La referencia a esta universidad no es casual ni forzada. Dos presidentes ecuatorianos, en contextos históricos distintos, pasaron por la misma formación académica. Mencionar esta coincidencia no busca idealizar la institución ni otorgar legitimidad automática a quienes pasaron por sus aulas. Se la nombra porque permite entender el “cómo” de ciertas decisiones que se repiten en crisis diferentes, no porque explique por sí sola sus resultados. La formación ayuda a leer el método; las consecuencias se miden en la vida real de la gente.

La crisis financiera de finales de los años noventa dejó pérdidas económicas, migración y deudas que aún afectan a miles de familias. Una decisión técnica sin suficiente explicación ni protección social puede dejar huellas que perduran por generaciones.
La crisis financiera de finales de los años noventa dejó pérdidas económicas, migración y deudas que aún afectan a miles de familias. Una decisión técnica sin suficiente explicación ni protección social puede dejar huellas que perduran por generaciones.

Esta aclaración es clave porque evita dos errores frecuentes. El primero, creer que una universidad gobierna por encima del país. El segundo, pensar que la técnica puede reemplazar a la política o a la ciudadanía. No es así. La formación explica el enfoque; la historia juzga los efectos.

Ecuador ya vivió decisiones técnicamente correctas que fracasaron socialmente. No porque fueran erradas en el papel, sino porque no fueron explicadas, acompañadas ni amortiguadas. El ejemplo más claro es el gobierno de Jamil Mahuad. En medio del colapso financiero de finales de los años noventa, se aplicó una medida extrema para estabilizar la economía. La inflación se contuvo y el sistema monetario se ordenó, pero el costo social fue profundo y duradero.

Miles de personas perdieron ahorros. Otras quedaron atrapadas en deudas que, hasta hoy, siguen siendo difíciles de superar. Familias enteras vieron cómo sus ingresos no alcanzaban y cómo la migración se convertía en la única salida. Lo que falló no fue solo la decisión técnica. Falló la comunicación, falló la protección social y falló la capacidad de explicar por qué se tomaba esa medida y cómo se iba a cuidar a quienes quedaban en mayor vulnerabilidad. La lección quedó marcada: una política pública que no se entiende ni se acompaña deja heridas que atraviesan generaciones.


Comunicar no debilita la autoridad. La fortalece. No ralentiza la gestión; la vuelve sostenible. El silencio institucional no es eficiencia; es desconexión. Y la desconexión, tarde o temprano, se paga caro.


Hoy, el país enfrenta una crisis distinta, marcada por la violencia y la inseguridad. El gobierno de Daniel Noboa ha optado por actuar con rapidez y firmeza. Para muchos ciudadanos, esto genera alivio. Para otros, preocupación. Ambas reacciones son legítimas. Y aquí conviene despejar una confusión frecuente: explicar no es justificar, y gobernar con mano firme no significa gobernar sin controles. Son debates distintos que no deben mezclarse.

La experiencia comparada muestra que ningún país puede vivir indefinidamente en estado de emergencia. Las decisiones urgentes ordenan el momento, pero solo las instituciones, las reglas claras y el diálogo sostienen el tiempo. Si no se produce un giro de timón a tiempo, los riesgos son previsibles: normalizar la excepción, desgastar las instituciones, desconectarse de la ciudadanía y construir resultados frágiles que se desarman con el siguiente cambio político.

La actual crisis de seguridad ha llevado al Estado a tomar decisiones rápidas y excepcionales. El desafío es que la urgencia no se convierta en la forma permanente de gobernar.
La actual crisis de seguridad ha llevado al Estado a tomar decisiones rápidas y excepcionales. El desafío es que la urgencia no se convierta en la forma permanente de gobernar.

Desde la Escuela de Ciudadanía, este análisis tiene un objetivo claro: ayudar a entender la relación entre gobernabilidad y gerencia política. La comunicación pública no es propaganda ni estrategia de imagen. Es parte del ejercicio democrático. Cuando un gobierno comunica qué hace, por qué lo hace y hasta cuándo lo hará, permite que la ciudadanía evalúe, acompañe o cuestione con información, no con miedo ni rumores.

Comunicar no debilita la autoridad. La fortalece. No ralentiza la gestión; la vuelve sostenible. El silencio institucional no es eficiencia; es desconexión. Y la desconexión, tarde o temprano, se paga caro.

Gobernar bien no es solo decidir rápido. Es decidir con sentido social, explicar con claridad y escuchar a tiempo. Un Estado no es una empresa ni una sala de crisis permanente. Es una construcción colectiva que requiere confianza, información y participación.

Por eso, más allá de títulos, métodos o estilos de liderazgo, este artículo busca aportar herramientas para comprender lo que está ocurriendo en el país, ayudando a identificar cómo se toman las decisiones, desde qué lógica se gobierna y qué impactos reales pueden tener, no para admirar al poder. Porque sin contexto no hay comprensión, y sin comprensión no hay ciudadanía activa.

Este análisis no pretende cerrar el debate ni ofrecer respuestas definitivas. Busca, más bien, abrir una conversación informada, aportar contexto y ofrecer herramientas para comprender cómo se toman las decisiones que afectan al país, para que cada ciudadano pueda formarse su propio criterio y ejercer una participación consciente y activa en la vida democrática.

Ese es el aprendizaje que importa.
Y también el que debemos exigir.

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