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El costo de acostumbrarnos al miedo

La muerte de Víctor Estrada revela una ciudad que aprendió a convivir con la violencia y un Estado que aún no asume su derrota institucional

EDITORIAL | EL COSTANERO

En El Costanero no escribimos desde la urgencia del titular ni desde el ruido de la coyuntura. Escribimos desde la memoria, desde la responsabilidad cívica y desde la convicción de que una ciudad también se narra por lo que pierde. La muerte de Víctor Estrada Jara no es un hecho aislado ni una tragedia privada. Es un síntoma. Y como todo síntoma, exige ser leído con atención.

Víctor representaba a una generación que creyó en la educación, en la creación, en el trabajo silencioso y persistente. Del suburbio guayaquileño a la universidad pública, de la gestión cultural al cine, de los proyectos locales a los circuitos internacionales. Un recorrido que debería ser motivo de orgullo colectivo y que, sin embargo, terminó abruptamente en la escena más cruda de nuestra realidad cotidiana: la violencia normalizada.

Aquí no hablamos de una bala perdida. Hablamos de un Estado ausente. De una política de seguridad que llega tarde, cuando ya no hay nada que proteger. De una ciudad que aprendió a encerrarse y a aceptar que hay territorios donde la vida vale menos. De un discurso oficial que celebra la innovación y el mérito, pero que no garantiza el derecho básico a volver a casa con vida.


Una ciudad que no cuida a quienes crean, enseñan y sueñan, termina perdiéndose a sí misma.


No existen zonas equivocadas. Existe abandono. Existe desigualdad territorial. Existe una administración del miedo que ha convertido lo cotidiano en una amenaza. Ser de barrio, vivir con los padres, saludar a la vecina, caminar la cuadra conocida, ya no es un gesto de identidad sino un riesgo asumido.

La muerte de Víctor no solo enluta a su familia y a sus amigos. Interrumpe procesos creativos, rompe equipos de trabajo, apaga una voz que estaba formando a otros. La cultura también sangra cuando cae uno de los suyos. El cine ecuatoriano pierde a un creador. La universidad pierde a un docente. Guayaquil pierde a un ciudadano comprometido con su tiempo.

Desde El Costanero insistimos en una idea incómoda pero necesaria: cada joven asesinado es una derrota institucional. No basta con estados de excepción, ni con cifras, ni con anuncios de operativos. La seguridad no se improvisa ni se comunica como eslogan. Se construye con presencia real, con prevención, con políticas públicas sostenidas y con respeto a la vida en todos los territorios.

Cuando una sociedad se acostumbra a despedir a sus talentos, algo profundo se ha roto. Y cuando el Estado no responde con acciones estructurales, el duelo se convierte en indignación legítima.

Víctor Estrada no es solo una ausencia. Es una pregunta abierta sobre el país que estamos siendo y el que decimos querer construir. Su muerte nos obliga a mirar de frente una realidad que ya no admite silencios ni excusas.

Que su memoria no quede atrapada en el lamento. Que sea una exigencia colectiva. Porque una ciudad que no cuida a quienes crean, enseñan y sueñan, termina perdiéndose a sí misma.

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