La conversación con José Luis Freire se mueve en un territorio íntimo, donde la música no aparece como un producto ni como una meta, sino como un camino recorrido con paciencia, reflexión y sentido. Su voz no busca imponerse. Habla desde la humildad de quien ha aprendido que el proceso importa tanto como el resultado.
Su música hoy se escucha en 59 países. Un dato que podría entenderse como éxito, pero que él traduce de otra manera. Al mirar las estadísticas de ciudades y países donde su obra circula, se siente pequeño frente a la dimensión del mundo, como una hormiga en medio de algo mucho más grande. Esa sensación no lo abruma. Se transforma en motivación y en un sentido de responsabilidad con oyentes que pueden estar lejos en kilómetros, pero cerca a través de las canciones.
Cada artista, sostiene, sigue su propio camino. El suyo ha sido largo, lento, pero feliz. Con el tiempo aprendió que lo difícil no es sinónimo de malo ni lo fácil garantía de calidad. Hay una recompensa particular en aquello que cuesta más lograr, y esa convicción atraviesa su manera de crear y de entender la vida artística.
Cuando revisa dos décadas de canciones, no se detiene en una obra puntual. Lo que le llama la atención es la cantidad de sentimentalismo e inocencia que había en muchas de sus primeras letras y descubrir que esa emoción logró conectar con personas reales, que hicieron suyas esas canciones. Para él, ahí ocurre algo difícil de explicar: el momento en que alguien escribe desde la intimidad, casi para sí mismo, y del otro lado alguien encuentra un himno que describe exactamente lo que está sintiendo.
“Lo más valioso que me ha dejado la música es la amistad.” José Luis Freire
En su caso, la música ha sido siempre un diario. Antes escribía más sobre emociones; hoy escribe más sobre pensamientos y reflexiones. En esta etapa de su vida prefiere asumirse como aprendiz permanente, tanto en lo musical como en lo existencial. Comprender que no se sabe todo le resulta liberador. Como en el canto, primero se estudian las técnicas y luego se las desaprende para poder construir una identidad sonora propia.
Su sonido nació del R&B guayaquileño de los años 2000, pero su búsqueda actual se orienta hacia las raíces y los sonidos orgánicos del género en distintas décadas. El proceso creativo se ha vuelto más profundo y colectivo. Aunque su nombre encabece los proyectos, insiste en que detrás hay una banda completa y coproductores que han ido sumándose con los años. Su identidad como cantante es su voz; su identidad como músico está cada vez más marcada por el aporte de otros artistas.
La historia familiar atraviesa este momento con una fuerza silenciosa. Su padre fue violonchelista de la Orquesta Sinfónica de Guayaquil y dejó su carrera antes de que José Luis naciera para dar estabilidad económica a su familia. Nunca lo vio tocar en la orquesta, pero creció escuchando historias sobre maestros, directores, cantantes, coros, instrumentistas y partituras. Las bachianas para chelo alimentaron el alma del hogar y marcaron su vínculo afectivo con ese mundo.
Concursar para ingresar a la misma orquesta donde su padre tocó fue una experiencia profundamente emotiva. Obtener la mejor calificación y asumir la Dirección Ejecutiva significó para él un círculo que se cierra. Un destino cumplido. Ver los sacrificios de los padres convertidos en logros de los hijos es, como él mismo lo dice, uno de esos momentos raros en los que uno quiere llorar, pero de alegría.
A su vida artística se suma su formación como psicólogo clínico. Escribir canciones es también una forma de expresar y de sanar, de expulsar pensamientos y emociones que dan vueltas en la cabeza. Desde esa mirada entiende lo público como un espacio de servicio. Muchas de las patologías que afectan a las personas, sostiene, nacen de entornos sociales hostiles.

Cuando se refiere a la Orquesta Sinfónica de Guayaquil, lo hace desde la historia. Es la más antigua del Ecuador, la más grande en número de músicos y un símbolo del espíritu de la ciudad. Para él, la ciudadanía necesita conocer esa historia para poder apropiarse de ella. El amor cívico no aparece de la nada. Es un valor que se construye como sociedad. Democratizar el acceso a la música orquestal y socializar la memoria de la orquesta son pasos necesarios para generar un verdadero sentido de pertenencia.
Al recordar su concierto por los veinte años de carrera, no habla de cifras ni de aplausos. Habla de amistad. De instrumentistas, cantantes, productores, periodistas y oyentes que vieron a un joven con un sueño y no dudaron en tenderle la mano. Al final del camino, lo más valioso no son los logros acumulados, sino el afecto dado y recibido.
En ese contexto, el calendario adquiere un significado especial. José Luis Freire cumple años el 27 de enero. No como una efeméride más, sino como un momento de pausa. Un punto para mirar lo recorrido, reconocer lo aprendido y seguir avanzando, un día a la vez, por un camino elegido sin prisa, pero con sentido.