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Maestras, ¿segundas madres?

He escuchado por ahí decir que cuando una está cerca de cumplir 60 años se vuelven recurrentes las evocaciones de la niñez. Si bien me faltan 478 días para que llegar a esa edad, mi mente habita —al menos desde hace un semestre— lugares recónditos de mi primera infancia, todos los días. Como la amante de las letras y la palabra que soy, dos de esos recuerdos se han convertido para mí en verdaderas obsesiones: conseguir un ejemplar del libro Coquito (de los años 70) y encontrar (en redes sociales) a mi maestra de primer grado, quien me enseñó a leerlo y a escribir mi nombre, “La Seño Berta (Rueda)”; como la llamábamos.

Libro Coquito. Foto: Radio Miraflores Televisión.
Libro Coquito. Foto: Radio Miraflores Televisión.

Sin embargo de que la Estadística Educativa realizada por el Ministerio de Educación del Ecuador (2023) afirma que las “seños Bertas” (las docentes mujeres) constituyen el 72 % de toda la planta nacional (frente al 28 % de profesores varones)1, todavía en el país la celebración se conoce como “Día del Maestro” y tiene lugar todos los 13 de abril, en razón de aquel de 1832 cuando nació (en Ambato) el escritor y educador, Juan Montalvo, en cuyo honor la fecha fue instaurada.

Pero, como en esta sección de El Costanero hablamos de nosotras; de nuestro aquí y ahora, he echado mano de dos insumos con el ánimo de saber —aunque sea un poquito— cómo es la vida integral de las mujeres ecuatorianas que se dedican a la docencia: el testimonio de sendas profesoras de la Sierra y la investigación De la evidencia a la prevención: cómo prevenir la violencia contra las mujeres en las universidades ecuatorianas, elaborada por la Universidad San Martín de Porres de Perú y el programa PreViMujer de GIZ-Ecuador.

María Fernanda Muñoz Falconí [MFM], (cuencana, licenciada en Artes Visuales, magíster en Gestión Cultural y educadora) y Verónica Alexandra Mosquera Cabrera [VM], (quiteña, máster en Orientación Educativa Familiar y docente) coinciden en su relato en dos percepciones, devenidas de su propia experiencia: la búsqueda de algunos progenitores y ciertos estudiantes de una figura maternal en la profesora; y, la prevalencia de  patrones sexistas en el tejido social de la esfera educativa nacional.

María Fernanda Muñoz. Foto: Antonella Proaño Freire.
María Fernanda Muñoz. Foto: Antonella Proaño Freire.

Al respecto, MFM me cuenta que: «Algunos representantes se desentienden de sus responsabilidades y confieren a las maestras el rol de ‘segundas madres’, cuya función debería encaminarse a criar, educar y corregir a los menores. Inclusive, algunos llegan a solicitar la aplicación de castigos físicos para denotar jerarquías, control y poner límites a los vástagos, a sabiendas de que este tipo de acciones se encuentran prohibidas, exponen una grave crisis en la institución familiar y, por ende, una desarticulación de los tejidos sociales».

Verónica Mosquera. Foto: archivo personal de la docente.
Verónica Mosquera. Foto: archivo personal de la docente.

En similar orden de ideas, VM me ofrece estas líneas: «[…] en algunos contextos, las docentes mujeres pueden enfrentar mayores expectativas [desde los educandos] en cuanto a disponibilidad, cercanía o contención emocional, lo que responde también a percepciones sociales más amplias sobre su rol. Esto, en ocasiones, puede llevar a que su labor sea interpretada de manera reducida, priorizando funciones de ‘cuidado’ por encima de su preparación pedagógica y profesional».

Ambas docentes sugieren en otras partes de sus relatos que este borronamiento de la frontera entre la madre y la maestra estaría estrechamente ligado al hecho de que la escuela y el colegio se han convertido en espacios que, además de la formación académica, se hallan todos los días en la necesidad —a improvisados saltos y brincos— de ser sostén humano y refugio emocional para los estudiantes.

Ese «[…] por encima de su preparación pedagógica y profesional», que VM anota, nos remite a una sección del informe de PreViMujer GIZ, que da cuenta de las instancias en que las profesoras y mujeres del personal administrativo de las universidades del país son calificadas por la estructura patriarcal académica, a partir de los idénticos parámetros con los que la sociedad analiza a las madres; es decir, como seres emocionales y poco pensantes, aptos, más bien, para tareas “menores” como la crianza de los niños. Y, ello, según MFM y el estudio en ciernes, es un síntoma manifiesto —que llega a ser psicológicamente violento— en los estudiantes; a la sazón, son más proclives a dar crédito académico a los profesores varones que a las mujeres.

Por otra parte, datos del texto en cita indican que, cuando una docente universitaria es víctima de violencia en el hogar y en el lugar de empleo, de manera simultánea, pierde en promedio 29 día laborales al año; lo cual afecta considerablemente su calidad de vida. Además, en la decisión de maternar de estas maestras hay una brecha de género fuerte: los docentes varones tienen en promedio tres hijos, mientras que las mujeres 0.1. Claro, otras mujeres cuidan de los hijos del maestro.

La página del cuaderno tiene dos carillas, entonces, María Fernanda y Verónica hablan acerca de haber compartido el trabajo de docencia con colegas varones que exhibieron conductas conscientes, empáticas y respetuosas con todo lo vivo, dentro y fuera de las aulas. Aluden ello a la perspectiva de género que se ha cursado a lo largo de los años en los colegios. No obstante, la primera reporta una falta de escucha activa y negligencia tanto de las autoridades a cargo de un centro educativo rural de sostenimiento fiscal en el que trabajó, como de la institución distrital ante la cual denunció acoso laboral por parte de una colega, por quien fue acusada de ser «conflictiva e irascible», en virtud de las múltiples veces en que alzó su voz para rechazar la violencia administrativa de la que fue víctima. Un tipo de agresión que, a la par que la de índole sexual, el documento de PreViMujer GIZ apunta como una de las que más coarta el proyecto de vida de las docentes; la llama «el impuesto a la agradabilidad».

Cuando las maestras aquí entrevistadas proponen una educación transversal basada en nociones de corresponsabilidad de todas las partes que componen la educación, como estrategia para superar estas taras, me doy cuenta de que “La seño Berta” fue una educadora adelantada a su tiempo: nunca fue maternal, pero siempre tenía la sonrisa en los labios; jamás acudió al castigo físico, pero supo escribir sobre la pizarra límites claros. Solamente a partir de ese asidero se puede afirmar que «lo anterior era mejor». La letra no entra con sangre.

Berta Rueda, donde quiera que estés, ¡GRACIAS!

 

1 Las cifras mundiales levantas en 2024 por la UNESCO y el Grupo de Trabajo Internacional sobre Docentes para la Educación 2030 son bastante similares a las del contexto ecuatoriano. Se lo puede consumir en este vínculo: https://www.unesco.org/es/articles/informe-mundial-sobre-los-docentes-que-debes-saber

Lee más información sobre el tema de este artículo en los siguientes vínculos:

1. De la evidencia a la prevención: cómo prevenir la violencia contra las mujeres en las universidades ecuatorianas
file:///Users/malcriadatotalproducciones/Downloads/De%20la%20evidencia%20a%20la%20prevencio%CC%81n.%20Co%CC%81mo%20prevenir%20la%20violencia%20contra%20las%20mujeres%20en%20las%20universidades%20ecuatorianas%20-%20Resumen%20Ejecutivo.pdf

 Estadística Educativa. Ministerio de Educación, 2023

  1. https://educacion.gob.ec/wp-content/uploads/downloads/2023/11/Estadistica-Educativa_Volumen-4.pdf

 

María Belén Moncayo
María Belén Moncayo
Mujer, escritora feminista, señora de las plantas, repostera de domingo y Reina en Malcriada Total Producciones
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