El wifi, los algoritmos, un flan con frambuesas y la foto de una rana son los aparejos que me acompañan en la navegación del presente artículo sobre el Día Internacional de la Mujer y la Niña en la Ciencia, que se conmemora cada 11 de febrero desde el año 2015 (cuando la ONU lo proclamó como tal) con el ánimo de visibilizar el trabajo científico femenino y promover la participación plena, equitativa y el acceso de niñas y mujeres a las áreas STEM (Ciencia, Tecnología, Ingeniería y Matemáticas; por sus siglas en inglés). En todos ellos, en los aparejos, el ingenio científico de varias mujeres hace posible que estas líneas lleguen hoy a tu dispositivo electrónico.
Mientras le echo cabeza a la estructura del texto voy cuchareando el flan de caramelo hecho a baño maría y cubierto con una nutrida y nutriente cantidad de frambuesas. El baño debe su nombre a su creadora, María la Judía, la primera mujer alquimista que vivió entre el siglo I y III d. C. en Alejandría, donde se dedicó a la fabricación de aparatos destinados a la destilación y sublimación de materias químicas. Y, en este siglo y en nuestro Ecuador, el arduo estudio de campo sobre los frutos rojos realizado por la bióloga quiteña, Katya Romoleroux, le valieron en el año 2020 el Premio Nacional Eugenio Espejo en la categoría de Ciencias ¡Mmm, qué delicia!

Luego, necesito profundizar —más allá del papel— la búsqueda de información acerca del tema central que nos ocupa. Conectarme al internet para ir a Google me es posible gracias a la austriaca Hedy Lamarr (1914-2000), a quien por décadas la estructura patriarcal insistió en recordarla como el primer cuerpo femenino desnudo en la pantalla de cine que performaba un orgasmo. Lo cierto es que, además de brutal y despiadadamente guapa, Lamarr —junto a George Authiel— inventó en 1942 el sistema de salto de frecuencia, la base científica del espectro ensanchado que hoy en día se utiliza en el wifi, el bluetooth y el Acceso Múltiple por División de Código (CDMA).
Tras otra probadita del flan, tecleo en el motor de búsqueda lo siguiente: “Eugenia del Pino, rana marsupial”. El verde y pequeño anfibio, su nombre científico, Gastrotheca riobambae, y el de su más seria estudiosa —que ya lo dije— aparecen en la portada de mi libreta de la suerte en la que tomo las notas que dan paso a mis letras. Resulta que un buen día de 1972, en los jardines de la PUCE, Eugenia María mece unos matorrales, avista la rana y con ello inicia estudios altamente significativos para la Bacatrología que, a la par de muchos otros, le otorgaron a lo largo de su carrera científica once galardones entre los que destaca el Premio a la trayectoria de la Sociedad de Biología del Desarrollo (SBD) 2022. La cuchara en mi mano funge en este minuto cual antena que busca respuestas “científicas” al hecho de que a los hombres que borraron de la historia los nombres de las mujeres científicas (y miles más) se los llame de manera elegante «batracios»; y, a la ecuatoriana, «sapos».

La pesquisa de datos certeros en el internet se presenta ante mis ojos por efecto de los algoritmos. Su nacimiento se remonta a 1845 cuando la condesa británica de Lovelace, Augusta Ada Byron (1815-1852), traduce al inglés un documento creado por el también matemático, Charles Babbage, al que la joven anexó notas explicativas que ampliaron su extensión a casi el doble del original y dieron paso a ideas de programación harto avanzadas para la época; la victoriana, una en la que era impensable que las mujeres desarrollaran una carrera profesional al mismo tiempo que criaban a sus hijos. Ada lo logró y nos heredó una serie de tarjetas perforadas que sembraron los cimientos de los primeros ordenadores del siglo XX.

Thank you, condesa Lovelace! porque gracias a ti el algoritmo me deja saber que apenas el 24 de enero pasado murió la matemática estadounidense Katherine Johnson (1918-2026), considerada una “computadora humana” que hizo posible las exitosas misiones Apolo a la Luna; y, porque puedo hurgar en las plataformas de streaming la película Hidden Figures que pone en valor sus hazañas científicas conseguidas junto a otras brillantes mujeres cimarronas, matemáticas e ingenieras como ella: Dorothy Vaughan y Mary Jackson. Triada, claro está, discriminada hasta el paroxismo en “razón” de su color de piel ¡Ay!, primero tres mujeres dominarán la galaxia antes que pueda en vida alcanzar a consumir la avalancha de insumos que el ciberespacio despliega tras la búsqueda de mujeres y niñas científicas de la historia.

El denominador común en ellas advierte que cuando niñas dedicaban sus tardes de juego a desarmar cuanto cacharro nuevo o viejo caía en sus manos ¡Querían saber cómo funcionaba! De ello se desprende el orgánico mensaje que a través de textos, pódcast y vídeos le dejan al Ecuador, a América Latina, al mundo entero: que las niñas abracen su sueño de dedicarse a la investigación científica; que la sociedad sea capaz de presentarles referentes que constituyan para ellas fuentes femeninas de inspiración.
Un célebre ejemplo de niña científica lo hallamos en Emily Ulloa, de 16 años, nacida en Manta. A los 13, se convirtió en la alumna más joven que cursa la universidad ecuatoriana. Emily imparte charlas TEDx y conferencias académicas en las materias de robótica y electrónica. Su talento la hizo acreedora al primer premio en el concurso de la Asociación Ecuatoriana de Robótica y Automatización, nada más y nada menos que por crear un robot que ayuda a las infancias autistas a expresar sus emociones; ¡gran-diosa!

Larga vida al género femenino científico de todo el planeta. La mía, larga será, siempre y cuando YouTube me muestre cómo hacer una apetitoso flan sin azúcar. Lo siento, Celia Cruz.
Lea aquí más información sobre mujeres y niñas científicas del Ecuador:
https://libros.unae.edu.ec/index.php/editorialUNAE/catalog/view/biografias-mujeres-cientificas-ecuador/321/612